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Juan Carlos de la Riva

RJP-EditorialNuestras dos últimas revistas, números 530 y 531, han recogido temas de gran actualidad como son el reto interreligioso y la necesidad de nuevas vocaciones laicales para una nueva Iglesia.

El abordaje que desde esta redacción se ha querido dar al primero de estos temas quiere ir más allá de la mera convivencia pacífica de las diferentes tradiciones espirituales, para desarrollar espacios de búsqueda y encuentro, de mutua interacción y de enriquecimiento mutuo. ¿Por qué estos espacios? Sin duda porque nuestra sociedad secular y pluralista necesita ese plus de profundidad y de ética que las tradiciones espirituales han sabido vivir y regalar durante siglos a todos los contextos sociales donde se han hecho presentes. Hoy más que nunca el ser humano está necesitado de lo que podríamos llamar una ética transcultural, cuyo primer esbozo lo encontramos en la Declaración de Derechos Humanos de 1948, pero que necesita ir creciendo y, sobre todo, hacerse carne en la praxis social y política de los pueblos. La profundización en lo espiritual, lejos de marcar fronteras y divisiones entre religiones y culturas, produce ese efecto de armonía y encuentro en lo esencial. Y lo esencial es el amor. Seguir las huellas de Jesús es también sentarse en el pozo con la samaritana y buscar adoración en espíritu y verdad, o entrar en casa del centurión para encontrar más fe que en la propia casa, o dejarse cuestionar por la sirio-fenicia y ampliar la mente y el alcance del Reino propuesto, o caminar cómodo entre impuros etc.

El segundo tema, la participación del laicado en una Iglesia que, sin duda, ha de ser diferente y mejor, tiene mucho que ver con lo anterior, porque recoge el reto que ya Francisco en la Evangelii Gaudeum nos propone: no caer en la tentación de la auto-referencialidad de la Iglesia y en el peligro del clericalismo, en proteger y mimar las pocas ovejas que nos quedan, sino salir y ser para el mundo sal y luz. La Iglesia tiene sentido si hace del Reino, y no de sí misma, su verdadera razón de existir. Y una Iglesia en salida necesita nuevas vocaciones que la reorganicen desde dentro en esa clave exódica, y que la lancen hacia las necesidades del ser humano, tanto las necesidades materiales como las éticas y espirituales. Una Iglesia reorganizada en torno al servicio, y no en torno a la subsistencia, con unas vocaciones capaces de tocar la realidad y transformarla.

En el momento de cerrar este editorial el papa hace pública su agenda de viaje en septiembre hacia Lituania, Estonia y Letonia, y veo con agrado un encuentro ecuménico con los jóvenes en la iglesia luterana de San Carlos. También recibo la noticia de que Francisco nombra, por primera vez en la historia, a un laico como Prefecto de un dicasterio romano, el de Comunicación. Hay cosas que parecen ir cambiando.

Ampliamos en este número digital los dos temas propuestos y aportamos experiencias y lecturas que pueden ayudarnos a una reflexión coherente y arriesgada. Esperamos que os sea de provecho, como lo ha sido para nosotros.