¿Adolescentes de 24 años o disfrutar decidiendo?

Lo publicaba la revista médica The Lancet en enero: que la adolescencia se prolonga hasta los 24 años. Dicen en sus postulados que en los últimos 40 años se ha retrasado la adopción de roles y responsabilidades “asociados a la edad adulta”, como el matrimonio, tener descendencia o alcanzar la independencia económica. En España, por ejemplo, la edad media de los hombres para el matrimonio es 35,04 y la de las mujeres, 32,93, nueve años más que en 1975.

No deja de asustarme todo lo que podemos meter en ese darnos permiso “oficial” para ser adolescentes tanto tiempo. De mis tiempos de joven (asumo que empezar una frase así me convierte en “abuelo cebolleta”) subrayo aquello de que “se madura en las opciones, no en las dudas”.

El sínodo nos ha regalado y popularizado la palabra discernimiento, palabra que ya Francisco venía aplicando a otras muchas realidades (el amor de familia, la evangelización) como buen jesuita que es, y palabra que asusta a quienes prefieren las normas a los criterios y la acusan de posibilitar demasiada subjetividad.

A los jóvenes también les asusta la palabra, pero no por la “subjetividad posible” sino por su propia definición de pensar bien las decisiones, para tomarlas mejor.  La precariedad y el cambiante aspecto de nuestra realidad parecen alentar un cambio en el concepto de libertad, asimilándolo a la no decisión más que a la decisión. Se trataría de optar siempre de un modo reversible. Más que afrontar el cambio con decisión, se huye de la misma, se bloquea, se deja de arriesgar.

Antiguamente nos servía la distinción entre libertad “de” (condicionantes externos que cierran puertas) y libertad “para” (proyecto que moviliza desde dentro). Hoy pareciera que el joven anhela una total libertad “de”, pero no quiere plantearse el “para qué” de esa libertad. Y al mismo tiempo aumenta su poderío tecnológico en una escalada exponencial de posibilidades.

Sin embargo, todo lo que a nosotros nos asusta de su adolescencia prolongada, de su increíble tecnologización, de su poca definición personal, podría también leerse en positivo como un deseo de permanecer fieles a la relación: ser adolescente es ser “amigo/a profesional” y gastar tiempo en estar; readaptan la tecnología para estar más en relación; la indefinición meticulosamente estudiada frente a grupos, afinidades políticas, vinculaciones religiosas y demás encuentra su origen muchas veces en no querer distanciarse de nadie nunca. Quizá el otro sea más importante para el joven de lo que los adultos “maduros” pero autorreferenciales estamos pensando. En el documento final del sínodo, apartado 73, se nos dice con claridad que la libertad evangélica pasa necesariamente por el encuentro con el otro: la libertad es ser uno mismo en el corazón de otro. Y quizá para eso haga falta ser un poco adolescente.

El auténtico discernimiento tiene que ver con la caridad, y si no, no será evangélico. Si este fuera el auténtico criterio, quizá no les urgiríamos tanto a los jóvenes a “sentar la cabeza” con grandes decisiones, y les dejaremos disfrutar de sus pequeñas pero vinculantes decisiones.

Juan Carlos de la Riva, escolapio.