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Me diréis que siempre me fijo en el aprovechamiento pastoral de las pelis, o que quiero ver más Dios del que realmente quisieron poner en una cinta. Sin embargo, me atrevo, con Una vida a lo grande, a afirmar que el discernimiento ocupa un primer plano de la película, por encima de otros temas abordados como el calentamiento global, el amor verdadero o incluso el de la solidaridad, que sin duda es el otro tema protagonista.

Matt Damon avanza en su proceso reflexivo sobre el sentido de la vida, ya comenzado en The Martian (Marte), y nos propone una cinta que aborda de nuevo el interior del corazón humano y su capacidad para elegir el bien o el mal, e incluso a preferir unos bienes a otros.

La cinta arranca con una originalísima idea, el novedoso método de salvar el planeta reduciendo a las personas. Nos hace sonreír el desarrollo de esta idea y su materialización física, provocando ya una primera situación de discernimiento: ¿nos reducimos? La que al principio parece una opción altruista para salvar el planeta, se ve fagocitada por el capitalismo imperante (algo así como nos comemos la Navidad con portal y pesebre en aquello del consumo sobre consumo) y atrae más a gentes interesadas en multiplicar su bienestar material reduciendo el tamaño de sus necesidades: en definitiva, una vida a lo grande.

El hastío de esta vida loca se describe en tono de humor con la hilarante presencia de un vecino tentador de lo más entretenido y entretenedor. Nos pasaremos un buen rato con él, pero el guion caerá aquí en tópicos sobre el hastío de una vida placentera pero insípida. El segundo discernimiento de la peli tiene aquí ya preparado su caldo de cultivo.

A mitad de cinta, la película da un giro inesperado (quizá demasiado) para llevarnos al lado oscuro e insolidario de esta supuesta opción mesiánica para la humanidad, y un nuevo personaje toma ahora el protagonismo: una activista cuya razón de vivir es atender a cuanta necesidad ve a su alrededor. Su comicidad no resta autenticidad a su propuesta, y muchos activistas de tantas ongs podrán identificarse con su espíritu firme en la decisión de estar con el que sufre y les dará ocasión para dialogar sobre actitudes solidarias.

Quizá demasiados temas para una sola película, y no siempre llevados de un modo equilibrado en el tiempo, pero el tema del discernimiento seguirá haciéndose presente hasta el final, que nos deja uno de los fotogramas más bellos de la cinta, pero del que no hablaré, que bastante hemos destripado ya.

Una película sobre altruismo o individualismo, sobre salvarme o salvar al otro o, por qué no, a toda la humanidad en cada persona salvada. Simple en su mensaje, se retratan posturas vitales e impulsos del corazón que hay que aprender a leer haciendo coincidir el beneficio personal, con el de la humanidad. Y también el de Dios, diríamos los creyentes con san Agustín.

Por cierto, nuestra activista porta su Biblia y se emociona rezando en su culto evangélico: de algún sitio le viene la firmeza.