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Mª Ángeles López Romero
@Papasblandiblup

Dos anécdotas escuchadas estos días, ambas protagonizadas por jóvenes, me han hecho reflexionar. La primera ocurría en el campo de exterminio de Auschwitz. Unos chavales recién graduados en la Educación Secundaria Obligatoria visitaban tan emblemático lugar como parte de un típico viaje de estudios. Y se pasaban todo el recorrido riéndose y contando chistes de crematorios y judíos.

La segunda tenía como escenario un campamento de verano en la localidad abulense de Peguerinos. Durante un debate con chavales acampados de 16 y 17 años, un monitor justificaba con argumentos convincentes que los hombres no pueden ser feministas. Que esa es una lucha solo de las mujeres. Y los hombres como mucho pueden ser aliados, pero no protagonistas de esa lucha.

Ambas anécdotas están cosidas con un mismo hilo. El de la falta de empatía. En el primer caso por descuido de la memoria. En el segundo, por descuido de la justicia.

Se podrá alegar que no es culpa de nuestros jóvenes desconocer el pasado o las realidades injustas que nos rodean hasta el punto de ser irreverente con las víctimas. Pero todos tenemos la obligación de guardar la memoria de la ignominia para intentar no repetirla y dar a quienes la sufrieron el reconocimiento que restaure su dignidad. Todos tenemos la obligación de estar alertas frente a la injusticia y, la sufra quien la sufra, tenga o no nuestro mismo género, nacionalidad, raza o color de piel, defender sus derechos. Jóvenes de 16 años se juegan la vida por la democracia en estos momentos en lugares como Venezuela. Y otros a esa misma edad se dejan la piel para sacar de la pobreza a sus familias en mil y un lugares del planeta. Nunca se es demasiado joven para conocer la historia, defender la igualdad, respetar el dolor o proteger la vida. Nunca.