SINODO 2018

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El documento preparatorio para el Sínodo
Ficha 5. Los jóvenes en el mundo de hoy. Los jóvenes y las opciones

Juan Carlos de la Riva y Alicia Ruiz López de Soria

Libertad como futuro abierto, no como elección que guía

La precariedad y el cambiante aspecto de nuestra realidad parecen alentar un cambio en el concepto de libertad, asimilándolo a la no decisión más que a la decisión. Se trataría de optar siempre de un modo reversible. Más que afrontar el cambio con decisión, se huye de la misma, se bloquea, se deja de arriesgar. Antiguamente nos servía la distinción entre libertad de (condicionantes externos que cierran puertas) y libertad para (proyecto que moviliza desde dentro). Hoy pareciera que el joven anhela una total libertad de, pero no quiere plantearse el para qué de esa libertad. Se menciona en el documento la necesidad de reflexión en este punto.

Se habla aquí de potenciar la valentía y el impulso del corazón, dos motores que, por su carácter no racionalista sino más bien emocional, pronto podrían cuadrar en el corazón de aquellos jóvenes que superen la primera sensación de precariedad total para cualquier decisión, tanto a nivel interno como a nivel externo.

Agravada por la crisis económica y su correspondiente falta de trabajo, y por la desigualdad de oportunidades ofrecidas a los jóvenes en las diferentes situaciones geográficas, culturales o religiosas, estaríamos ante una auténtica emergencia educativa. El fenómeno de la emigración se destaca aquí especialmente.

Frente a esto, se nos da un toque de atención; aprovechemos la atracción del joven por la acción en proyectos concretos, en los que ser protagonistas del cambio que quieren ver, al tiempo que se habilitan ganando competencias útiles para la vida y el trabajo. Aprovechemos también su capacidad para proponer y practicar alternativas que muestran cómo podrían ser el mundo o la Iglesia. Dejemos espacio a las nuevas generaciones.

La libertad y su relación con la decisión vocacional, de la mano de Amedeo Cencini1

«Libertad es hoy una palabra mágica; para los jóvenes, particularmente, representa aquello de lo que son celosos, un derecho irrefutable, una bandera, la señal de la emancipación que testimoniaría el cambio generacional. Igualmente, de la libertad derivan otros valores, siempre vigorosamente subrayados por esa misma cultura juvenil: la independencia, el hacerse por sí solos (tal vez sin demasiado esfuerzo). Y, sin embargo, sería un grave error el dar por obvia la libertad del joven mismo y el presumir que sea libre de condicionamientos externos o internos, conscientes o no, y libre de crecer, de amar y de servir; y sería también un grave error, por una malentendida confianza, eliminar quizás toda estructura defensiva.

El joven no nace libre, ni es libre interiormente de acoger el llamado vocacional y las tantas “provocaciones” que lo alcanzan de todos lados durante el camino de su formación. La libertad de vivir el Evangelio es el punto de llegada de un largo camino ascético, con sus fases desestructurantes y reestructurantes, con el aprendizaje de la capacidad de renunciar y de desear, con una intervención no solo sobre los aspectos conscientes, sino también sobre los conscientes.

Camino laborioso y pesado este, que sin embargo el joven acepta recorrer si le es presentado como un camino de libertad, como condición para decidir en libertad y responsabilidad respecto de su vida. La libertad es una virtud antigua y moderna; es aquella condición sin la cual ninguna actitud puede decirse virtuosa. Y la libertad afectiva, en especial, proviene de la certeza de haber sido amado y de la certeza de saber amar: certezas que no todos poseen en profundidad y que deben constituirse en objeto de formación ellas mismas».

Vivimos un tiempo de oportunidades evangelizadoras

Cuando se celebre el Sínodo de Obispos sobre los Jóvenes se cumplirán 30 años de la formulación de este pensamiento por parte de J. Moltmann2:

«Los cristianos han aprendido a vivir en un mundo indiferente, post-cristiano y pagano. Las Iglesias descubren cómo vivir libres por sí solas, sin ataduras de privilegios políticos… se perciben nuevas oportunidades para el cristianismo en el siglo XX, de evidente formulación positiva: la fe, no ya como religión europea, sino en cuanto fe cristiana en diálogo sencillo y plural con otras religiones e ideologías. La Iglesia, como Iglesia ecuménica de Cristo y no como la religión burguesa de Europa. La teología, abierta al mundo, como testimonio del evangelio para la próxima cultura de la humanidad».

El teólogo protestante alemán hablaba ya de la «próxima cultura de la humanidad». Probablemente se refiriese proféticamente a lo que llamamos hoy «nueva cultura» y que, a pesar de estar aún por definirse, tratamos de describir diciendo que derriba las fronteras espaciales, otorga gran importancia a la subjetividad, sufre mutaciones constantes, está sostenida por la conversación, es polifacética, se empeña en establecer redes, es una mezcla de realidad y ficción, demanda inmediatez y escucha… Una cultura fluyente, en la que se entremezclan diversos horizontes de interpretación y de comprensión de la vida provocando que surjan otros nuevos… Donde se hace imposible concebir la comprensión del mundo y la autocomprensión de la persona por separado… Una cultura de dimensiones mundiales que empuja por la relativización e integración de una Europa y de una Norteamérica particularistas, en la que sea posible un diálogo sencillo y plural entre diferentes religiones e ideologías… Una cultura que pudiéndose llamar cultura de la seducción por intentar re-encantar el mundo con el consumismo y la diversión presenta líderes comprometidos en la construcción de una ética mundial que intenta cambiar el rumbo de la globalización neoliberal… ¿Y si en esa «nueva cultura» nos enfrentamos con optimismo al reto de vivir y transmitir la fe cristiana?

Hoy tendríamos que pensar más las oportunidades para el cristianismo en el siglo XXI en el marco de una crisis de inculturación del Evangelio en los diferentes mundos juveniles. ¡Esas oportunidades existen y son abundantes! El papa Francisco se ha dado cuenta de ello y convoca con entusiasmo un Sínodo de Obispos con el tema «Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional», probablemente bajo la convicción de que vivimos un tiempo de oportunidades evangelizadoras sin igual para favorecer la auténtica alegría en todos los jóvenes.

Quizá un buen punto de partida para los agentes evangelizadores sea considerar que todas las personas de buena voluntad pueden hacer posible que venir al mundo signifique para cada criatura humana encontrar la promesa de una vida buena, ser acogida y custodiada como experiencia original y la esperanza de poder expresar la propia originalidad en un camino hacia la plenitud de vida (quizá no sea necesario hablar en un primer momento de Reino de Dios). Convenzámonos, la vocación a la custodia y la vocación al amor brotan y llegan a su culmen gracias a la experiencia del Dios de Jesús, pero no es patrimonio exclusivo de los cristianos… Da la sensación de que ambas vocaciones están latiendo en muchos corazones, creyentes y no creyentes, cristianos y no cristianos.

Junto a ello, habrá que evitar caer en un relativismo práctico, es decir, «actuar como si Dios no existiera, decidir como si los pobres no existieran, soñar como si los demás no existieran, trabajar como si quienes no recibieron el anuncio no existieran» (EG 80). Para ello, puede ayudar tener presente que:

  • Rompo con el Dios de Jesús cuando dejo de hacer lecturas creyentes de lo que acontece en mi vida atrapado por la necesidad y la urgencia de la acción… ¡Cuanto más tengas que hacer, más necesario es orar!

  • Rompo con el Dios de Jesús cuando mí-me-conmigo se convierten en cárcel que impide la experiencia de sentirme criatura de Dios… ¡Cuando notes que te tomas muy en serio, ríete de ti mismo!

  • Rompo con el Dios de Jesús cuando dejo de vivir en gratuidad y entro en una dinámica de ajustes de cuentas con el Amor… Recuerda que nada te pertenece, que todo es don.

  • Rompo con el Dios de Jesús cuando se apodera de mí la inclinación a controlar las personas y los acontecimientos… ¡No intentes intervenir excesivamente en el fluir de la vida!

  • Rompo con el Dios de Jesús cuando quiero llegar a todos y a todo, con el deseo escondido de tener éxito en la vida. Repítete: eres finito y limitado.

  • Rompo con el Dios de Jesús cuando dejo de hacer experiencia personal de los misterios de la encarnación y de la resurrección. ¡Abre constantemente tu vida a la trascendencia de la fe, la esperanza y el amor!

Para trabajar con los jóvenes, con equipos de acompañantes…

Para ti joven

Para ti acompañante

Para vuestro equipo evangelizador

¿Entiendes la diferencia entre libertad de y libertad para? ¿Podrías poner algún ejemplo?

¿Crees que las condiciones externas (crisis económica, desigualdades…) bloquean a los jóvenes de tu edad en su ser persona?

¿Cómo andas de valentía?

¿Qué es eso del «impulso del corazón»? ¿Lo has sentido alguna vez? ¿Le escuchaste o te venció el miedo? ¿A dónde te llevó?

Cencini parece decir que no eres tan libre como piensas, que tienes que liberarte de bloqueos internos… ¿a qué se puede referir?

¿Has sentido algo parecido a liberación interior? ¿Cuándo? ¿Te supuso renunciar a algo?

¿Te decides a vivir con Jesús y cómo Él poniendo tu sello en «una cultura de la humanidad»?

¿Cómo aparece en tu acompañamiento de jóvenes el tema de la valentía? ¿Y el del impulso del corazón? ¿Se verbaliza en tus acciones pastorales?

¿Cómo valoras este estilo de libertad precaria y no definitiva de nuestros jóvenes? ¿Te desanima?

¿Cuáles son los condicionantes externos que limitan la libertad de los jóvenes de tu entorno?

¿Y cuáles los internos?

Se habla en el documento de dejar que los jóvenes pongan en práctica y sean protagonistas del cambio que quieren ver… ¿Provocas ese protagonismo?

¿Qué opinas del texto de Cencini? ¿Cómo podríamos potenciar en los jóvenes la liberación de su propia libertad?

¿Qué aportas con tu formación para que surja «una cultura de la humanidad» evangélica?

¿Cómo se educa en tu centro evangelizador la valentía?

¿Y la escucha del impulso del corazón?

¿Se hacen adecuados análisis de la realidad que ayuden a situar la libertad de nuestros jóvenes?

¿Se atreven los jóvenes a ser protagonistas de sus propios procesos, grupos, actividades? ¿Pueden hacerlo?

¿Se trabaja dejando margen a la equivocación? ¿Se trabaja la autoevaluación, el aprendizaje de los errores, la mejora continua?

¿Se podrían describir indicadores que mostrasen los pasos dados en ese proceso de liberación interior? ¿Cuáles serían?

¿Consideramos que vivimos un tiempo de oportunidades evangelizadoras?

Los pastores y las ovejas, Alfonso Francia (Educar con parábolas, Madrid, 2006)

Había muchos pastores en aquel pueblo. Cada uno tenía 100 ovejas. Todos los días las cuidaban lo mejor que podían. Por eso eran la envidia de los otros pastores de la comarca. Aquellos pastores tenían fama de ser muy competentes, conocedores del regreso, del lugar de pastos, aguas y atenciones requeridas en cada época del año.

Poco a poco se fue apagando su entusiasmo y se entretenían en hablar de sus cosas.

Un día llegó a tanto su desgana, irresponsabilidad o despiste que, entretenidos en hablar y jugar en el campo donde pastaban sus rebaños, al atardecer, a la hora de volver, no vieron más que doce ovejas. Todas las demás, habían desaparecido.

Pero no se propusieron ir a buscar a todas las que se habían perdido. Pensaron que era muy tarde y que ya volverían si querían. Ellos las habían amado, las habían cuidado bien, así que… ¿de qué se podían quejar? ¡Peor para ellas! Vamos a cuidar bien a las que nos han quedado, se dijeron. Y las orientaron entre todos, las llenaron de mimos. A veces había celos entre ellos, tanto las querían.

Algún pastor quiso separarse de los otros e intentar ir a buscar a las otras, pero por poco le pegan.

Pasaban muchas horas recordando a cada una de las que se habían perdido y procurando descubrir las razones por las que se perdieron. Hicieron poesías, artículos, estudios, estadísticas, libros… sobre ellas.

Al fin se acostumbraron a esas poquitas y las rodearon con cariño, las conocían al detalle y se turnaban para darles de comer. Les buscaron un lugar muy tranquilo, defendido de los vientos y con agua, y un buen cobijo.

Todo parecía ir muy bien, hasta que comenzaron a faltar pastos y hubo que ir monte arriba a buscar hierbas. Entonces vino la tragedia. Unas no podían subir, no estaban acostumbradas; otras se quedaban prendidas en las zarzas; algunas resbalaban en las rocas. Al final, comprendieron que tenían que turnarse llevándolas a hombros. De lo contrario, no llegarían y morirían sus ovejas en el camino.

Los pastores estaban allá arriba, cada vez más tristes porque envejecían con tan poquitas ovejas, y estas estaban cada vez más flacas, viejas, incapaces… ¡estériles!

Lejos, muy lejos, se veían muchas ovejas que corrían y jugaban con sus corderillos. Los pastores siempre comentaban a quienes veían que, aunque pareciese que aquellas ovejas estaban mejor, era pura apariencia.

Ninguna está tan bien guardada y es tan querida como estas. No tienen corderitos que estropeen la intimidad y la unidad; y, al final, morirán rodeadas de cariño. ¿Cuándo una oveja ha muerto tan querida?

Y, entre tanto, se pusieron a redactar un precioso documento sobre la vida y la muerte, la fecundidad, la alegría, sobre el pastor, sobre la libertad, sobre las ovejas dóciles y las descarriadas.

1 A. Cencini, Los jóvenes desafían la vida consagrada. Interrogantes y problemática, Madrid, 2017.

2 J. Moltmann, ¿Qué es la teología hoy?, Salamanca, 1992.

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