SINODO 2018

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El documento preparatorio para el Sínodo
Ficha 7. Fe, discernimiento, vocación (y 2)

Juan Carlos de la Riva y Alicia Ruiz López de Soria

Bajo el epígrafe 2, «El don del discernimiento», se nos enumeran los diferentes tipos de discernimiento (de los signos de los tiempos, moral, espiritual, vocacional…). Centrado este documento en este último, se lanza la gran pregunta que orienta las decisiones más importantes sobre el estado de vida: ¿cómo vivir la Buena Noticia del Evangelio?

Se propone un camino en tres pasos, enumerados ya en la Evangelii Gaudium, y que se conectan entre sí: reconocer, interpretar y elegir.

  • Reconocer: todo lo que vivo me afecta y hay que saber nombrar todas esas pasiones, sin juzgarlas, percibiendo el sabor que dejan en relación con lo más profundo de uno mismo. También la meditación de la Palabra de Dios despierta emociones que hay que escuchar, sin miedo al silencio o a los pasos a los que invite.

  • Interpretar: momento de evaluar la dirección constructiva o de repliegue sobre uno mismo que una emoción pueda tener. Dificultades: los condicionamientos sociales y psicológicos, la teorización y el olvido de la realidad. Implica también una actitud: confrontarse honestamente y pedirse más para sacar mayor provecho a los dones. Este paso se puede hacer en oración y escucha atenta de la Palabra, activando todas las capacidades, pero también es conveniente la ayuda de una persona experta.

  • Elegir: ejercicio de auténtica libertad, libre de la esclavitud de las pulsiones, y de los condicionamientos externos, y esta libertad de conciencia ha de ser preservada en toda pastoral vocacional. Esta decisión, al traducirse en acción, se confirmará en la práctica, donde surgirán nuevos elementos de discernimiento.

En el epígrafe 3, «Caminos de vocación y misión», se nos recuerda que el tiempo será criterio de verificación de la opción, y también que esta opción de acoger la misión que Dios nos da se enmarca en una actitud de entrega y generosa disponibilidad, lejos de la búsqueda narcisista de autorrealización. De ahí la importancia del contacto con la pobreza y la necesidad del hermano. Para los sacerdotes, la necesaria cercanía a las personas, el «olor de oveja».  

En el epígrafe 4, «El Acompañamiento», se nos habla de tres convicciones: que el ser humano puede interpretar las señales de Dios, que sin embargo su corazón se ve muchas veces dividido, y que se impone el decidir, por lo que hay que dotarse de herramientas. El acompañamiento espiritual (no así el psicológico) remite al encuentro de la persona con el Señor, y ayuda a eliminar los obstáculos que lo impiden. De la Palabra de Dios se extraen algunas características del acompañante: con autoridad, prójimo, camina al lado, libre de prejuicios, auténtico.

Narcisismo versus entrega a los demás

Destacamos una reflexión de Juan Carlos Martos1 en su artículo «¿Cómo acompañar el despertar vocacional en el crecimiento de la fe?»:

«Descrito sin tecnicismos psicológicos, sino en un lenguaje a medio camino entre la antropología, la moral y la espiritualidad, el narcisismo es la actitud de quien habita encerrado en la auto-contemplación y busca de forma obsesiva la adoración del yo, el amor desordenado a sí mismo, el culto a la propia persona. El narcisista es incapaz, o cuando menos tiene serias dificultades, de amar a un “tú” distinto de él mismo. Percibe erróneamente que todo en la vida gira en torno a sí mismo.

¿Cuál es la matriz del virus narcisista? Nuestro pecado por excelencia es el egocentrismo, la filautía, el repliegue sobre sí mismo, sobre los propios problemas, incluso los espirituales, la preocupación exclusiva por sí mismo. El narcisismo ha sido definido como la “enfermedad psicológica de nuestro tiempo”. Este fenómeno característico de la vida moderna tiene efectos colaterales con relación a los proyectos de vida.

  • El narcisista es incapaz de instaurar relaciones interpersonales genuinas, profundas y duraderas. Los otros (Dios, los demás) como tales no existen a no ser que se conviertan en mera prolongación del propio yo. No hay alteridad ni transcendencia a quienes escuchar de forma significativa.

  • El narcisista, más que autoafirmación, sufre una pérdida de reconocimiento de la propia identidad. Busca continuamente ser apreciado y reconocido. Mendiga el elogio y la admiración… Considera siempre insuficiente lo que recibe de los demás, quedando perpetuamente insatisfecho

  • El narcisista relativiza los ideales y carece de fuerza para llevar a cabo cualquier proyecto. Reemplaza el ideal clásico de la “vida buena” por la mera “buena vida”.

  • El narcisista es hijo del consumismo (la pasión por tener que convierte al propietario en prisionero de lo que tiene, en esclavo de lo que posee) y del relativismo (el propio yo es la medida de las decisiones).

Para los jóvenes –también para todos, no solo para ellos– es capital hoy la reivindicación de la subjetividad y el deseo de libertad. Son dos instancias típicamente humanas y legítimas. Pero una cultura débil como la nuestra puede deformar su significado. Se corre el riesgo de que la subjetividad se convierta en subjetivismo y la libertad degenere en arbitrariedad.

Contrariamente, el planteamiento vocacional de la existencia trata de convertir la propia vida en proyecto y ello exige salir de sí mismo y entregarse a otro proyecto superior al propio. La plenitud personal y la felicidad dependen de tal éxodo. Si esto es así en cualquier proyecto humano, más aún en el proyecto de seguimiento de Jesús el Señor: “Si alguien quiere venir conmigo, niéguese a sí mismo…” (Mc 8,34). Sin sanación, el narcisista no puede conocer, amar y –sobre todo– seguir a Jesucristo, en autenticidad y coherencia.

Este es el desafío: Si la entrega generosa es un aspecto clave de la vocación, ¿cómo enseñar a amar sin confundirlo con el amor propio? Parece que se trata de algo más difícil que la sanación del ciego de nacimiento, la multiplicación de los panes o el caminar sobre las aguas del lago de Tiberíades».

Para trabajar con los jóvenes, con equipos de acompañantes…

Para ti joven

Para ti acompañante

Para vuestro equipo evangelizador

¿La escuela/universidad os ayuda a reconocer por dónde debéis de orientar vuestra vida?

¿Recordáis algún profesor/profesora que haya sido decisivo en este sentido? ¿Qué os aportó?

¿Aceptáis que alguien os oriente a la hora de decidir vuestro futuro?

¿Ponéis condiciones para esto? ¿Cuáles?

¿El tener más información os ayuda a clarificar mejor lo que tenéis que hacer a la hora de tomar decisiones?

Jugándoos el futuro: ¿cómo encontrar respuestas en un medio que os ofrece miles de alternativas?

¿Las redes sociales os ayudan a la hora de reconocer cuál es el camino que debéis recorrer en el futuro?

¿Os ayudan a madurar vuestra opción vocacional las amistades que hacéis en internet? ¿Por qué?

¿Qué significa para vosotros la palabra comunidad? ¿Formáis parte de alguna (parroquia, movimiento, grupo)?

En caso afirmativo, ¿os sentís ayudados por la comunidad a la hora de discernir vuestro futuro vocacional?

En caso negativo, ¿creéis que os ayudaría el formar parte de una comunidad para tomar una decisión tan importante?

¿Habéis hablado alguna vez con un sacerdote, religioso/a, catequista, adulto cristiano, sobre vuestra vida cristiana? ¿Y sobre vuestra vocación? ¿Os habéis sentido acompañados en este camino por alguno de ellos?

¿Alguna persona ha sido o está siendo más decisiva a la hora de discernir vuestra vocación? ¿Quién y por qué?

¿Os habéis sentido en algún momento, solos ante este dilema? Ante vuestra petición, si no fuisteis escuchados, ¿cómo lo resolvisteis?

¿Qué es lo que os gustaría que existiera, para ayudar a los jóvenes en su discernimiento vocacional?

¿Te consideras narcisista? ¿En los criterios de decisión que manejas aparece el amor a los demás? ¿Cómo?

¿Cuánto tiempo y espacio dedican los pastores y los otros educadores al acompañamiento espiritual personal?

¿Qué iniciativas y caminos de formación son puestos en marcha por los acompañantes vocacionales?

¿Qué aceptación tienen las propuestas de acompañamiento espiritual?

¿Hay espacios y tiempos reservados para el acompañamiento espiritual?

¿Os sentís suficientemente preparados para ejercerlo?

¿Qué experiencias de contacto con la necesidad y la pobreza podrían invitar a salir del narcisismo? ¿Caben en vuestra propuesta pastoral?

¿Cómo extender en tu equipo una cultura del acompañamiento espiritual?

Algunos vídeos para compartir

Mensaje a los jóvenes en México, febrero 2016:

https://www.youtube.com/watch?v=cGYZVoj1GZE

Vídeo noticia: El papa pide a los jóvenes no tener miedo de escuchar al Espíritu

https://www.youtube.com/watch?v=z0CZOxc0Yz8

El otro yo, Mario Benedetti

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.

El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo frente a sus amigos. Por otra parte, el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.

Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo qué hacer, pero después se rehízo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.

Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.

Solo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas.

Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable».

El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.
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1 http://www.claret.org/sites/default/files/documentos-biblioteca/como_acompanar_el_despertar_vocacional.pdf

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