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Alicia Ruiz López de Soria, odn
arlds7@gmail.com

Rafael Díaz-Salazar es profesor de Sociología y Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense (Madrid). Además es profesor invitado en universidades de Brasil, México, Cuba y El Salvador. Hemos mantenido con él la siguiente conversación sobre el contenido de su libro Educación y cambio ecosocial. Del yo interior al activismo ciudadano.

Propón una clave de lectura a educadores comprometidos con el anuncio del Evangelio y la promoción humana.

La educación como vía de cambio ecosocial.

La ecología es, como muy bien lo explica el papa Francisco en la encíclica Laudato si, lo que más vincula la vida personal y la vida social desde la perspectiva de una existencia anclada en la fraternidad. La crisis ecológica manifiesta la explotación sistémica y sistemática de la madre Tierra y de las personas más empobrecidas. Tenemos que educar para que congregaciones, profesores, estudiantes y familias escuchemos el grito de los empobrecidos y el grito de la madre Tierra herida y violada. Hemos de articular la enseñanza desde estos dos gritos. Una enseñanza de excelencia puede ser una gran productora de sordos y ciegos ante el sufrimiento humano, el dolor social y la catástrofe ecológica; eso sí, con grandes calificaciones académicas.

¿Damos a conocer estos hechos en los colegios y en las familias?

Cada día aumenta el número de refugiados medioambientales y el asesinato de ecologistas, ¿pero damos a conocer estos hechos en los colegios y en las familias? Una buena muestra, entre otras, de esta cruel realidad es la matanza de Berta Cáceres, que debería ser un icono para quienes pueblan los colegios católicos. En este asesinato se entrecruzan los intereses de las empresas transnacionales de los países del Norte que son fundamentales para el nivel de bienestar de sus ciudadanos, la destrucción del medio de vida de los pueblos originarios, la corrupción estatal, el sicariato, las luchas de los movimientos del ecologismo de los pobres, el ejemplo de mujeres en resistencia, etc.

A diferencia de otros modelos históricos de explotación, en el actual intervienen como causas muy relevantes el consumo y los estilos de vida de la mayor parte de la población que vivimos en los países enriquecidos.

Los colegios se encuentran ante una gran encrucijada: contribuyen a reproducir este modelo o a transformarlo. Ni son, ni pueden ser neutrales. Muchos de ellos están entontecidos con cuestiones secundarias, aunque parezcan muy innovadoras didácticamente. Este es el mensaje final de mi libro.

La formación de la personalidad de niños, adolescentes y jóvenes es uno de los grandes retos de nuestro tiempo. En tu obra propones un proyecto educativo basado en el cultivo de la interioridad, la iniciación al activismo social y el desarrollo de estilos de vida alternativos. Explícanos, brevemente, qué entiendes por interioridad, activismo social y estilos de vida alternativos.

La interioridad está formada, desde mi punto de vista, por ocho dimensiones: el conocimiento de sí, la capacidad de pensar y reflexionar, la práctica de virtudes morales, el amor a la belleza y al arte, la meditación laica, la mirada contemplativa, la religiosidad y el descubrimiento del vínculo personal con el sufrimiento de los empobrecidos y con la Tierra herida y violada.

La práctica ecosocial es el mejor método de aprendizaje de una vida buena y feliz centrada en el amor «cívico y político», según la expresión del papa Francisco en la Laudato si. Las dimensiones educativas de esta encíclica son ampliamente analizadas en el libro. Un colegio que quiera tomarse en serio la «conversión ecológica» demandada por el papa Francisco ha de impulsar un plan de acción basado en prácticas ecosociales que se realizan en el aula, en el centro, en las familias y en los barrios o pueblos.

Los niños, niñas, adolescentes y jóvenes pueden y deben ser activistas sociales. Todo el proceso de educación para el activismo ciudadano debería culminar en la inserción en movimientos sociales concretos y para ello hay que impulsar el asociacionismo infantil y juvenil.

Los niños, niñas, adolescentes y jóvenes pueden y deben ser activistas sociales.

Tenemos que enfrentarnos a estilos de vida basados en el consumismo y transmitir una cultura de la autocontención y de los cuidados. Estas nuevas formas de ser y estar en el mundo se adquieren mediante procesos educativos que ayudan a descubrir cómo nuestro consumo es causa de explotación y cómo una vida sobria y cuidadora es fuente de alegría, plenitud existencial y solidaridad. Pero eso se aprende a través de prácticas muy concretas y cotidianas que manifiestan que es posible otra forma de vivir alternativa a la consumista.

Los contenidos curriculares tienen que tener muy presente la dimensión ecológica de los problemas sociales y a través de ellos también hay que dar a conocer las alternativas ecosociales.

El activismo de los profesores y profesoras en los movimientos ecologistas es fundamental. Los grandes valores que estructuran la personalidad no se explican, se contagian. Conviene tener en cuenta que el fin de la educación es este, no la mera transmisión de saberes académicos.

Los grandes valores que estructuran la personalidad no se explican, se contagian.

¿Cómo situarse en plataformas apostólicas educativas —con adolescentes y jóvenes— considerando el contexto de una Europa convulsa políticamente? ¿Qué rescatas como imprescindible de tu propuesta para educar en el activismo social?

Al final del capítulo 4 retomo dos discursos del papa Francisco en la JMJ de Río de Janeiro centrándome en una demanda que él dirigió a los jóvenes: «¡Hagan lío!». Tenemos que construir un proceso de educación sociopolítica, inspirados en la cultura de las bienaventuranzas, que genere conciencia política, análisis socioeconómico y convierta en connatural el activismo en organizaciones y movimientos sociales.

Entendemos que en la propuesta educativa que se recoge en Educación y cambio ecosocial. Del yo interior al activismo ciudadano es fundamental que el activismo social comience desde la infancia y que, progresivamente, la mayor parte de los niños y niñas se vayan sumando a asociaciones y movimientos socioeducativos. Se presentan las plataformas educativas como espacios para ayudar a descubrir las raíces estructurales de los problemas de pobreza, exclusión social y explotación de los países empobrecidos por países enriquecidos, así como para dar a conocer las propuestas para acabar con estos problemas.

A la escucha de orientaciones del papa Francisco…

Evitemos formas modernas de beneficencia, asistencialismo y creación de falsa conciencia. Para una buena educación para la solidaridad internacional y la ciudadanía global es esencial el audiovisual del discurso del papa Francisco en el II Encuentro Mundial de Movimientos Populares en Bolivia.