Juan Carlos de la Riva

Se suceden días internacionales importantes:

El 19 de noviembre, el papa convoca un Día de los pobres.

El 20 de noviembre, Unicef recuerda la firma de los Derechos de la Infancia, hace 17 años, con una Jornada internacional de la infancia.

Niños y pobres. Nos toca de lleno.

Tomo una frase del papa, dirigida a esos 1500 pobres que ha tenido a bien invitar a almorzar, junto a otros muchísimos comedores abiertos hoy en toda Roma para dar de comer a muchísimos necesitados. La frase dice esto: «lo que invertimos en el amor permanece, el resto desaparece». Nos lo dice comentando la parábola de los talentos, que es, como tantas otras parábolas de Jesús, una invitación a no ser necios o tontos, sino a ser espabilados para saber invertir en lo único que no perece y que cuanto más se da, más se multiplica.

Habrá quien piense que estamos llenos de bellas palabras y sermones, y que eso que nos cuenta hoy Francisco no es nada nuevo, y que siempre estamos con lo mismo.

Pienso que la novedad la va a aportar cada quien, cuando revise sus talentos, sus habilidades y pasiones positivas, sus genialidades, sus gustos, sus internas inclinaciones, en definitiva, los dones recibidos, y se diga… «Y ahora… ¿qué hago con esto? ¿Para qué o para quién es tanto don recibido? ¿Para mí o para el otro?».

El viernes, uno de nuestros jóvenes nos contó su experiencia en los campos de refugiados europeos, y la contaba con la emoción de haber experimentado la extrema necesidad de muchas personas, pero también de haber probado el gusto dulce y sabroso del amor de entrega. Y contagiaba. Ahora tenemos más jóvenes que quieren probar ese plato que parece que gusta probar, y repetir una y otra vez. Cuando son palabras, la repetición cansa y aburre, y nos convence y tienta más cualquier pantalla que los sermones. Pero cuando estoy probando el plato, y me gusta, y me sabe nuevo, aunque es lo mismo, porque es más la entrega cuanto más la pruebo, entonces sí, no hay solo bellas palabras, hay verdad existencial, la única que cuenta como verdadera.

Quizá sea esa la gracia de Francisco, su don tan especial. Que cuando dice que hay que hacer algo, todos sepamos que lo hace él el primero, y que nos convoca a una verdadera y fructífera práctica en el día a día, llenando Roma de comedores como hizo el pasado domingo.

Si todas las palabras tuvieran esa verificación tan real y contrastada, algo más se nos creería a cuantos a veces nos atrevemos a hablar de amor.