Juan Carlos de la Riva

He comenzado el mes de los difuntos con una triste despedida de un niño de dos años, matriculado en el cole, pero que solo lo pudo disfrutar en cortas visitas, las que le permitió su dura y mortal enfermedad, el cáncer.

Debatiendo con los alumnos de 4º sobre si la fe ayuda o no a ser mejor persona, aporta o no aporta algo al ser humano, les traje a colación esta situación: qué decirle hoy a su papá y a su mamá en el funeral de su niño de dos años. Si tengo que hacer caso de algunos de los consejos que los alumnos me dieron, simplemente tengo que acompañar por fuera, y por dentro pensar: qué mala suerte tienen algunas personas. Cuando en el debate quedó de manifiesto que esa era la única respuesta que la falta de fe podría dar, el silencio fue más intenso que nunca. Parecía que había que responder con algo más.

También provocaron intenso silencio algunos otros testimonios, como el de una alumna cuya madre murió también del mismo mal, y cuya esperanza en volverla a encontrar algún día dejó pensando a más de cuatro de los posicionados en la indiferencia ante la fe.

El mes de noviembre nos recuerda que las tinieblas se pueden hacer muy densas y asustadoras, y que no viene mal mirarlas de frente, para que nos hagan preguntas. No preguntas sobre la muerte, no, sino sobre la vida, una vida limitada, incompleta, puro anhelo insatisfecho pues su sed de amor no llega nunca a saciarse con relaciones ni con realizaciones.

Nuestro estilo de vida mira para otro lado ante este tema con sus preguntas. Solo cuando toca de cerca, uno busca en sus adentros reacciones, sentimientos, afecciones, para palpar en propia carne cómo queda uno cuando sabe que no todo durará eternamente. Las últimas pelis que han hablado sobre la muerte, y recuerdo especialmente la de Un monstruo viene a verme, o la recién proyectada en La 1 Infierno blanco, nos invitan a pensar en ella como un terrible agujero negro que todo lo engulle, y al que más pronto o más tarde habrá que acostumbrarse. Mejor hacerlo en la calidez de unas relaciones relativamente confortables al tiempo que incapaces de llenar ningún anhelo de plenitud.

Si leo lo que los orientadores recetan para ayudar a niños/as y mayores a vivir el duelo, pocas son las referencias trascendentes: simplemente aparece el derecho de la persona a creer en otra vida, en que volverá a encontrarse con sus familiares, a que haya algo más. Ni siquiera en este delicado tema de la muerte se le da cabida a la fe en nuestra respetuosa pero irresponsable cultura del pluralismo y la inmanencia. Y digo irresponsable en el más literal de los sentidos, incapaz de responder algo más profundo que un duelo bien orientado y serenamente culminado.

Con las leyes nos está pasando lo mismo: percibimos su limitación, la incoherencia de su aplicación escrupulosa, lo injusto de sus decisiones, pero nadie clama por una ética que supere lo convenido y apunte a leyes de máximos, y no de mínimos, de amores y no de convenciones.

A esas instrucciones positivas para el más aséptico de los duelos, quisiera añadirle un grito, una queja, una esperanza, un decir bien fuerte que si hay sed, tiene que haber agua, que, si los anhelos del corazón humanos pueden ser infinitos, ha de haber infinita plenitud para colmarlos todos. Lo siento, pero hay que gritar la esperanza, que son muchas ya las muertes que despiertan nuestro anhelo de más vida.