Desde Lugo a Vitoria por carretera da para escuchar bastante radio, y en unos días como los de este inicio de octubre, os imaginaréis que he viajado con el tema catalán en todas las emisoras. Os confieso que he sentido un golpe que bien merecería el nombre de «batacazo» contra la dura realidad.

Ha sido dejar el ambiente alegre y profundo del encuentro de Delegados y Responsables de Pastoral Juvenil, venidos de todos los puntos de la península y las islas, con los ecos de sus canciones y de sus propuestas, los deseos y proyectos llenos de cariño hacia las nuevas generaciones, las propuestas y loqueras para anunciar por primera, segunda o enésima vez, los diálogos serenos y profundos para hacer mejor lo de ser compañeros de camino, con grandes orejas y sin reloj, la ilusión por el sínodo de los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, la oración por ellos y por nosotros y por esos espacios en los que nos mezclamos sin intermediarios, la voluntad firme de escuchar al joven que cree pero no termina de engancharse a la barca eclesial, y al joven que no cree pero que opina sobre todo el camino que hemos hecho para alejarnos de él y él de nosotros…

Todo eso y muchas más cosas, lo mejor de la Iglesia pensando y soñando con los jóvenes y lo mucho que nos ayudan y nos cambian, todo eso que me llenaba la boca de un sabor como de Evangelio mismo… todo eso, chocando con declaraciones y contradeclaraciones, con búsquedas de culpables y peticiones de cabezas rodantes, con indignaciones y rasgados de vestiduras, con tristezas y justificaciones.

Casi costaba encontrar la emisora del discurso sensato y humano, porque de un lado y del otro, sobraban razones y argumentos grandilocuentes que cabalgando sobre conceptos como democracia, legitimidad, legalidad, convivencia, diálogo, nación, estado de derecho… empuñaban de facto las mismas espadas de antaño, disfrazadas ahora de palabras.

Tranquilos que no tengo nada que deciros sobre la cuestión catalana. Hoy solo tengo un dolor y un anhelo:

  • Mi dolor es el del niño/a que ve que su padre y su madre discuten sin entenderse en un continuo y emocional atasco.
  • Mi deseo es una política que sea ética y no permanente actuación ante un público al que seducir y otro al que asustar.
    Y quizá algunos, al buscar la ética, se encuentren con eso espiritual que algunos llamamos Dios o religión, y que se parece bastante a la verdadera ética cuando dotamos de valor sagrado al otro por ser otro y cuanto más otro mejor. Solo en lo profundo del ser surge el reconocimiento del otro como persona; solo apelando a mi identidad profunda de humano en comunión con otros humanos puedo hablar de algo con alguien. Y solo si soy humano antes que cualquier otra cosa (homosexual, vasco, ateo, europeo, joven, de izquierdas, artista o lo que sea…) podré sentarme en esa mesa y escuchar a mis hermanos. Jesús, sentado a la mesa de la humanidad, cada domingo nos invita a la misma tarea.

De momento, la Iglesia va a dedicar un tiempo muy fuerte a escuchar a los jóvenes de dentro y de fuera. Ojalá lo hagamos muy bien, y otros puedan tomar ejemplo.

Juan Carlos de la Riva
16 de Octubre 2017