Juan Carlos de la Riva

Sí. Me propuse escribir unos parrafitos cada semana, contar cosas, poner palabras a las impresiones de la retina y a los movimientos del corazón, señalar el Reino allá donde lo encontrase.

Pero hoy las palabras me resultan incapaces para señalar. Quizá lleve demasiadas horas de radio y televisión esta semana. Sí, las palabras se me están volviendo piedras, cuchillos, bofetadas. Y no quiero. No veo Reino sino reinos.

Vuelvo entonces al silencio.

Una palabra más, y tanto más cuanto más bella, no hará más que inflamar la distancia, y despertará su contraria en el otro, o simplemente pelearemos por poseerla yo más que tú, siempre más. Da igual la palabra. Si es bella será primero mía, y no tuya. Y la distancia encontrará nuevos motivos para seguir rompiendo la cuerda que nos une, el puente que nos hermana, la vida compartida.

Vuelvo al lenguaje de las miradas y los gestos, de los niños que juegan sin conocerse ni amarse, a sabiendas que son lo que son, niños. Vuelvo al lenguaje de las melodías sin letra, que a todos gustan e invitan a juntarse. Vuelvo a la sorpresa del encuentro con lo distinto, pues así, sin ser nombrado, resulta espectáculo y no da envidia ni miedo. Vuelvo al idioma de latidos y respiraciones, que todos hacemos por igual. Vuelvo, por qué no, al silencioso afecto por lo propio, que por tan amado no tiene necesidad de atarse a un verbo pronunciado, ni al sustantivo esencialista que no deja que lo propio crezca y se mezcle.

No nos va a venir mal un tiempo de silencio, de páginas en blanco sin declaraciones ni sentencias, sin normas ni proyectos; en blanco, solo en blanco, y que nadie la manche de fronteras.