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Silvia Martínez Cano

Borja Yagüe es profesor de Secundaria en Madrid y dibujante. Crecido en el entorno de la pastoral juvenil marista, te habla con sencillez de su trabajo y de la pasión con el que lo desarrolla. Es un apasionado del arte y de la literatura fantástica. Le chispean los ojos cuando entras con él en una conversación sobre cómic. Se los conoce todos. Constantemente dibuja y presta su arte para actividades pastorales. Le hemos pedido que nos hable de esta relación, del noveno arte y lo religioso.

Leo cómics desde que recuerdo que leo cómics. Como tantísimos españoles, comencé con Mortadelo y desde ahí no paré de profundizar: comedia, tragedia, suspense, superhéroes, entre otros. Con los cómics se puede reír, pero también se puede llorar, se puede acelerar y frenar el tiempo y relatar desde lo más épico a lo más personal. Imagino que puede haber un paralelismo con el hecho religioso: quedarte con ese Dios de la infancia que concede deseos o profundizar hacia una fe más cultivada y adulta.

Y es que el cómic puede ser una herramienta muy potente a la hora de transmitir una creencia y una actitud. Lo sabían los misioneros que fueron a América cuando mostraban imágenes de la Virgen para enseñar la idea de la Madre de Dios y lo saben los fabricantes de IKEA cuando nos enseñan las instrucciones de montaje de un mueble. No solo eso, sino que puede producir multitud de experiencias más allá del puro entretenimiento: se puede enseñar historia, historia del arte (Las Meninas), psicología (María y yo), contar historias personales (Blankets), política y filosofía (V de Vendetta).

En mi experiencia docente, la actitud del alumno frente a un cómic suele ser más positiva que frente a un libro o a una novela al uso porque asocia la lectura del cómic a algo más ligero, a pesar de que ciertas novelas gráficas profundizan en algunos aspectos mucho más que los libros de texto y constituyen una herramienta pedagógica muy fructífera, siempre y cuando el docente sepa extraer el jugo de la obra en cuestión. En este sentido, es posible reparar en el lenguaje utilizado en los diseños, los paisajes, las vestimentas, la narrativa, el diseño de los personajes, entre otros aspectos.

Desde este prisma, sostengo que la dimensión de lo religioso no es una excepción. Desde los clásicos evangelios de Cortés (Un Señor como Dios manda, Qué bueno que viniste o El señor de los amigos) hasta cómics que tratan el pluralismo religioso como un acontecimiento sociológico (Persépolis o Dios en persona), a cómics en los que las conversaciones religiosas son centrales (El gato del rabino).

Si centro la perspectiva en el autor de cómics, nuestros alumnos están muy habituados al lenguaje del tebeo y a menudo no hay que enseñarles a narrar (del mismo modo que no conocen lo que es un contrapicado aunque lo vean a menudo o no distinguen un sintagma nominal aunque lo utilicen constantemente).

De este modo, debemos abandonar el prejuicio de que hace falta dibujar bien para poder hacer cómics. Decir que uno dibuja bien suele estar ligado a ser fiel a la realidad y en las clases de Religión es bueno a menudo dibujar conceptos más complejos, que trascienden la realidad.

Igual que es complicado contar lo sucedido en un sueño haciendo una narrativa al uso, las ideas de los alumnos según qué temas fluyen más fácil cuando es un lenguaje abstracto como el artístico y le añadimos una estructura narrativa.

Durante las clases ya hemos puesto en práctica este uso del cómic en muchos temas: desde ejercicios sobre la vocación cristiana, a nuestra idea de Dios y la propia Historia Sagrada. En todos los casos, la motivación de los alumnos ha sido excelente y los resultados muy buenos.

En Educación Secundaria es más fácil lograr que los jóvenes se acerquen al cómic como lectores. De ello contamos con ejemplos excelentes como Blankets o Aquel verano (imagen 3), en los que es muy fácil que el adolescente se identifique con los personajes, ya que pasan por las mismas dudas y los mismos cambios vitales.

Aunque claro, siempre está que el propio docente le pierda el miedo (o los prejuicios) al medio. Y ser consciente de que el cómic va mucho más lejos que el puro entretenimiento (que está muy bien) y puede ser una herramienta de comunicación versátil y potente.