RPJ / Revista de Pastoral Juvenil

un_monstruo_viene_a_verme_a_monster_calls-108553414-largeUn monstruo viene a verme, de José Antonio Bayona, pasó por las taquillas como “la película que hace llorar”, y quizá este hecho está en la base de su éxito taquillero: a muchas personas nos gusta emocionarnos de vez en cuando, y tocar esa parte de nuestro cerebro, a la que tanta importancia merecida estamos dando últimamente. Quizá sin embargo muchas otras personas sientan que el director abusa de su confianza y manipula sin escrúpulos nuestra sensibilidad, como ya lo hizo con el tsunami emotivo de Lo Imposible. De hecho, las lágrimas brotan en esta película de tópicos universales: la despedida de una madre al morir, la reconciliación de nieto y abuela que se comprometen a ayudarse a pesar de sus diferencias… Son lugares comunes en los que nuestra emoción queda necesariamente comprometida, y nuestra voluntad interpelada para preguntarse cómo hemos vivido yo nuestros duelos o nuestros conflictos.

Pero hay que añadir muchas otras virtudes a esta cinta, especialmente en lo referente a su muy cuidada estética, a su ritmo, a sus efectos visuales para llevarnos al interior del protagonista, a sus efectos especiales con los que disfrutar del monstruo interior de Connor, la música… todo un espectáculo que sólo por eso ya merece ser contemplado.

Queremos analizar aquí la profundidad espiritual de este gran relato visual. Los temas abordados desde ese planteamiento poético se adentran en el mundo de lo inconsciente e implícito, que se libera cuando se narra y encuentra su sentido. ¿Cuáles son esos temas? Yendo de lo más simple a lo más profundo, los aspectos que nos parece que se abordan son los siguientes:

El bullying y la invisibilidad. Relaciones difíciles.
Es un tema transversal más lineal que el resto de temas abordados, y que permite un nivel de acceso a la historia más elemental, apto para público adolescente. Una historia conocida de abuso escolar, que se soluciona con la tercera de las historias del monstruo: dejar de ser invisible y sacar pecho ante las situaciones de acoso, empoderarse. La necesaria agresividad canalizada a la defensa de los propios derechos.
Pero las relaciones entre compañeros no son las únicas relaciones difíciles: también lo son las del nieto y su abuela, y también lo fueron las de su padre y su madre. Quizá la única relación pura sea la de madre e hijo, pero incluso aquí aparece la terrible sombra de la enfermedad y la muerte, una verdad que extiende su sombra sobre la felicidad que produce el amor.

La ambigüedad moral y la ambigüedad metafísica.
El director juega con la ambigüedad moral de los personajes, que, a excepción de la madre, no son buenos ni malos, sino procesuales, cambiantes. Este tema es claro en relación con la aparición de la abuela, que se presenta bien antipática en su relación con el nieto. El transcurso de la historia nos revelará su herida interior, su profundo dolor por la enfermedad de su hija, y la necesidad no confesada de “romper”, de “enfadarse” ante esa situación. Descubrir la habitación destruida por su nieto, e incluso colaborar con su destrucción, señala un antes y un después en la actitud de esta persona ante el problema: del orden neurótico en el que basaba su existencia, simbolizado en un perfecto reloj de pared, a la rabia y angustia producida por el caos de la enfermedad, lo no controlable, la muerte. Aceptar el abismo de lo inseguro y reconocerse sometidos a la contingencia, supone en la abuela un proceso de dejarse hacer por la propia vida, consentir lo irracional, dejarse tocar por lo no manipulable. A partir de aquí, la abuela nos aparece frágil, misericordiosa, capaz de entender la violencia del nieto, capaz de amar lo imperfecto, de aceptar el caos en una realidad que nunca será perfecta.

El personaje del padre, con su vida incompleta y su incapacidad para amar verdaderamente será otro ejemplo de la ambigüedad que hay que aceptar en los demás, tanto o más que en uno mismo.
Connor tendrá que hacer ese proceso de aceptar la diferencia que molesta y el futuro que no gusta, y para ello le vendrá bien la primera historia del monstruo: villanos que nunca lo fueron, héroes con su lado oscuro, historias inacabadas… Un caos indefinible, unos personajes difíciles de etiquetar, para que nunca en la vida queramos encasillar y cuadricular a las personas, ni controlar y dominar la vida.

Destacamos la aparición de una profesora que renuncia a encasillar a Connor en una expulsión del colegio, y apuesta por reeducar, invertir tiempo, reconducir, esperar, acompañar. Un minuto de cinta, pero bien significativo para el conjunto. Esta problematicidad de la existencia nos habla de una ambigüedad no sólo moral sino también metafísica. El caos tiene una presencia permanente, y la vida consiste en abrirse paso a través de él.

La proximidad de la muerte.
La muerte aparece desde el inicio representada como la pesadilla de la caída en un terrorífico agujero negro. Y así continuará toda la película. Y así terminará. De la muerte se nos dice eso, su negrura y los terribles efectos de culpabilidad en el hijo y de pérdida en todos los familiares. Es el tema que se aborda con más profundidad, cómo vivir con la muerte. Quiere que no la olvidemos, que consintamos su presencia en nuestra vida, y no nos dejemos arrastrar por ella. Nada de trascenderla, nada de esperanzas ultraterrenas, nada de cielos ni paraísos, ni juicios ni vida eterna. Se trata, en definitiva, de asumir la finitud desde el sereno y profundo yo interior fuerte que representa el monstruo.
Y qué se nos dice de la preparación para la muerte: creo que la propuesta tiene que ver con aceptar el caos que representa, asumir la limitación, y eludir la culpabilidad que siempre trae consigo. Cuántas personas podrán identificarse con ese “la dejé morir” porque quería que todo terminase. Y cuántas experiencias de “falta de cierre” en una relación, resumidas en un “no le dije cuánto la quería”. Hay una invitación al cierre y al pasar página, a dejar que la separación exprese su dolor, pero no mate. Hay una reivindicación al derecho de estar enfadado y de romper con todo. Pero hay también una negación de la culpa y de la solución final en la huida de la muerte suicida. La vida ha de seguir, y la muerte de otros es parte de ella.

La inteligencia espiritual.
El monstruo no es Dios, sino más bien la encarnación de una sabiduría ancestral, de una filosofía perenne, interior. El símbolo del árbol nos recuerda la vida, no tanto interconectada y panteísta como en el árbol de Ávatar, cercano a la cosmovisión budista, sino la vida personal, interior, profunda, espiritual, bebiendo de la actual corriente de buscar en el propio manantial interior (árbol en este caso) las respuestas a las grandes preguntas. Hay en la película, por tanto, un canto a la inteligencia espiritual desde un punto de vista más agnóstico y finito. Y los resultados son profundos y buenos, los mismos resultados propuestos por las religiones: el amor, el regalo al otro, la comunión… Los personajes que se adentran en su interior y se atreven a afrontar el caos, a poner nombre a lo que les pasa y a vivir desde ahí, esos son los que vivirán reconciliados y hermanados. El padre, con su aventura interior siempre pendiente, no lo podrá vivir así.

La propia verdad.
La película también es un canto a la literatura y a la narración, entendida como expresión de la propia verdad. Somos narración, nuestra vida desarrolla un guión en el que lo ambiguo se alterna con momentos de claridad. Y tenemos en nuestra mano la pluma para escribir una siguiente página de belleza y sentido, que pueda atravesar los caos que la suerte nos ponga delante.

Se juega con el inconsciente: las historias estaban ahí escritas, quizá ya contadas una y mil veces por esa madre que se mueve bien dentro de la zozobra y la oscuridad de su sino. Pero el niño no las había entendido. No quería entender su propia verdad. Hay que mirarlas de nuevo y reinterpretarlas aplicándolas a la vida tal como viene. Es ahí cuando se convierten en Buena Noticia. Otro elemento de gran profundidad y que nos viene bien para la teología: menos verdades claras e irrefutables, objetivas y dignas de ser impuestas a los otros, y más verdades personales, hermenéuticas, experimentadas, vividas en primera persona. Quizá esta clave nos hace falta en nuestra iglesia, que queriendo extender la Buena Noticia del Evangelio, vende a veces verdades anquilosadas en las que las personas difícilmente pueden reconocer su propia verdad y una propuesta válida de felicidad.

En esta clave hermenéutica, aparece la sombra jungiana, expresado como “la cuarta historia” o “tu propia verdad”: el monstruo le contará historias de otros para que pueda entender el mundo, pero le pedirá que cuente su propia historia para entenderse a sí mismo, en su verdad, y se conceda un necesario autoperdón. Hay una culpa que hay que elaborar, hay un permiso que concederse para la rabia y el enfado, para la tristeza y la angustia. Y desde ahí, hay una obligación, seguir viviendo.

Estamos ante una película que remueve y propone la pregunta sobre la existencia confrontada con sus límites, el sentido de la vida cuando la realidad nos desborda… Y la respuesta que la película da tiene que ver con aceptar esa verdad molesta, tanto en uno mismo como en los demás, para poder así armonizar nuestras existencias. Quizá a muchos nos parezca un techo demasiado bajo y nos quedemos con ganas de más trascendencia: para los creyentes no basta con un yo interior integrado y autónomo, liberado de su culpa, animado al encuentro; la Buena Noticia de Jesús es también un camino de salida hacia el otro que me haga capaz de dar la vida. La propuesta es el amor.

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