RPJ / Revista de Pastoral Juvenil

Siempre hay un principio, un momento en el que todo comienza. También en la tarea evangelizadora. En muchas partes es esa incertidumbre que se resume en la expresión, “pero, ¿cómo comienzo un grupo de jóvenes?”, la que genera una gran frustración o simplemente hace que la empresa a iniciar se quede en el deseo y las buenas intenciones. Por eso, ubicar bien ese momento inicial que abre la posibilidad de una realidad nueva es tan importante. Hagamos un poco de ‘ejercicio esencial’, y veamos qué es lo que queremos para saber cómo lo hacemos.
Como cristianos, somos esencialmente discípulos y misioneros (así lo ha recordado el Papa Francisco en la Evangelii gaudium), por ilustrar con una afirmación categórica advierte en el punto 15 de dicha exhortación que la actividad misionera «representa aún hoy día el mayor desafío para la Iglesia» y «la causa misionera debe ser la primera». ¿Qué sucedería si nos tomáramos realmente en serio esas palabras? Simplemente reconoceríamos que la salida misionera es el paradigma de toda obra de la Iglesia, y por tanto el comienzo de la evangelización. Pero, ¿qué es evangelizar? Toda definición conlleva en sí misma las claves de actuación, de manera que, según cómo entendamos una realidad desencadenará una manera concreta de actuar. Por eso propongo esta definición que aportó el Círculo Francófono en el Sínodo sobre la ‘Nueva evangelización para la transmisión de la fe’: La nueva evangelización consiste en el anuncio que Dios, que es amor trinitario, hace de Él mismo en su Hijo Jesucristo a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo.
Si intentamos extraer las claves que nos harán ponernos en movimiento, ciertamente aparecen las palabras ‘anuncio’, ‘amor trinitario’, ‘Jesucristo’, ‘hombres y mujeres’ y ‘nuestro tiempo’. Cinco términos esenciales para la evangelización cuyo sujeto también está muy bien determinado: ‘Dios’. De esta manera, importante es el anuncio, pero este es obra del mismo Dios. Entonces, ¿qué debemos hacer nosotros? Dejarnos evangelizar. Este es el inicio de cualquier planteamiento pastoral que quiera tener futuro, una conversión pastoral, donde los agentes se ponen en estado de ‘ser evangelizados’, y donde el fruto de esta conversión es el testimonio de vida que suscitará, sin duda, de manera creativa y nueva, las formas oportunas para poder anunciar el evangelio a otros. Quien no ha hecho experiencia cierta del misterio pascual no puede anunciar lo que no conoce, se convierte, de alguna manera, en un buen (o mal) publicista, cuya finalidad no es transmitir la experiencia vivida con un producto sino procurar su consumo y venta.
Así pues, el fundamento, la raíz, el criterio primordial y definitivo, la propuesta infalible de la nueva evangelización, también entre los jóvenes, tiene que ver con el amor y en concreto, con el amor manifestado en el Hijo de Dios, Jesucristo. Podríamos decir que para comenzar una propuesta de pastoral con jóvenes es necesario estar enamorado de Jesucristo. Solo la experiencia del amor de Dios concretado en Jesucristo y acogida y disfrutada por un creyente, es la clave genuina de la nueva evangelización. Todo lo demás, es accesorio, o al menos, secundario. Es más, todo lo demás sin este presupuesto, es ‘como campana que tañe’ (1Cor 13), ruido y paja, podermos suscitar una cierta atracción, pero nunca un deseo profundo. Todo lo demás, con este a priori del amor a Jesucristo, tiene su por qué, su lugar y su evidente operatividad y eficacia. Es la experiencia del amor de Jesucristo vivo, resucitado, la que transforma toda realidad y a cada una de las personas. Lo expresa muy bien J.A. Pagola: Sin el Espíritu del Resucitado, la evangelización se va convirtiendo en propaganda religiosa, la catequesis en adoctrinamiento, la celebración en rito vacío, la acción caritativa en servicio social. Sin el Espíritu del Resucitado, la libertad se asfixia, la comunión se resquebraja, los carismas se extinguen, el pueblo y la jerarquía se distancian. Sin el Espíritu del Resucitado se produce un divorcio entre teología y espiritualidad, entre doctrina y práctica evangélica. Sin el Espíritu, la esperanza es sustituida por el temor, la audacia por la cobardía y la vida cristiana cae en la mediocridad.
Y es esta experiencia la que se nos pide en primer lugar a vivir y transmitir a los jóvenes. Ya lo anunció hace tiempo el gran teólogo del siglo XX, Karl Rahner, cuando hablaba que el cristiano del siglo XXI o sera místico o no será (aludiendo a la necesaria experiencia de encuentro que se ha de dar en el cristiano para poder vivir como indica su nombre). Yo me permito parafrasearlo diciendo: El cristiano del siglo XXI o estará enamorado, o no será cristiano.
Estas palabras del Papa Francisco enmarcan muy bien lo dicho hasta ahora: El verdadero misionero, que nunca deja de ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera. Si uno no lo descubre a Él presente en el corazón mismo de la entrega misionera, pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie.
A. Por eso, primero el testimonio
Una cosa es lo que decimos y otra lo que necesitamos oír. Vivimos momentos donde el ‘anuncio’ podríamos decir que se ha puesto de moda, al menos, en los planteamientos pastorales con jóvenes. Cierto es que hemos descuidado durante varias décadas este asunto que forma parte del núcleo evangelizador. Cierto que sin anuncio no se suscita y se alimenta la fe. Pero si escuchamos la dinámica misionera que nos planteó el Concilio Vaticano II en el Decreto Ad Gentes lo deja claro en su propia exposición:
Capítulo II: La obra misionera.
Art. 1. El testimonio cristiano
Art. 2. La predicación del Evangelio y la reunión del Pueblo de Dios
Art. 3. Formación de la comunidad cristiana

Lo que intento decir es que el Primer Anuncio hoy es una riqueza con la que nos hemos encontrado en los últimos años. La sensibilidad de sentir la necesidad de expresar nuestra fe y nuestra experiencia y compartirla sin vergüenza con otros, está siendo de gran valor para la Iglesia, también en el mundo de los jóvenes. Pero requiere completarse con otras necesidades para no quedar en una propuesta puntual y acabar muriendo en el intento. Enzo Biemmi advierte del riesgo: Las experiencias piloto de primer anuncio, comúnmente llamadas “evangelización de calle”, son útiles para la comunidad cristiana: la mantienen despierta y la invitan a salir de sus propios límites. Pero la lógica de estas formas de evangelización y las modalidades de su propuesta no pueden convertirse en el modelo de nuestras parroquias.

Asumiendo esta riqueza y urgencia de la evangelización explícita y el anuncio, en el terreno en el que nos movemos de las generaciones más jóvenes (y también las que no lo son tanto), un anuncio sin un fuerte testimonio se queda incompleto, en el umbral, sin la fuerza necesaria para suscitar la respuesta, el movimiento y la adhesión. Lo expresa muy bien también E. Bianchi: El estilo con que el cristiano vive en compañía de los hombres es determinante: del ‘cómo’ depende la fe misma, porque no puede anunciarse con estilo arrogante, con intransigencia, o incluso con actitudes más propias de la militancia mundana, a un Jesús que habla de Dios con mansedumbre, con humildad y con misericordia.

A.1. De lo cuantitativo a lo cualitativo
La primera consecuencia de este cambio de mentalidad para iniciar la evangelización entre los jóvenes es pasar de una mirada ‘cuantitativa’, donde el número, la esperanza de un éxito evidente ante una juventud perdida y desorientada, o la búsqueda constante de volver a panoramas eclesiales anteriores, deja paso a una nueva manera de afrontar la pastoral donde lo minoritario, más que ser fracaso es signo de lo evangélico. Hace unos años ya lo advertían los catequetas españoles en una de sus reflexiones en torno a la Iniciación cristiana: Caminamos hacia una Iglesia donde lo ‘cuantitativo’ se va a ir desplazando a lo ’cualitativo’. La Iglesia del futuro va a ser más ‘minoritaria’ pero más ‘fermento’, con menos poder o presencia social, pero más ‘testimonial’. Podemos ganar mucho en ‘presencia evangélica’.
Si asumimos esta nueva perspectiva, la lógica de los números no solo no responde a los criterios y principios de la nueva evangelización sino que se convierte en uno de sus obstáculos más graves. En grandes sectores de la Iglesia sigue latiendo en el subconsciente la necesidad que las iniciativas y convocatorias tengan respuestas mayoritarias para poder comenzarlas y acompañarlas. En pastoral con jóvenes no hay peor cáncer. Hoy, en esta pastoral, se hace necesaria una opción preferencial por la personalización, en donde cada joven (uno, dos, tres o catorce) se convierte en pueblo escogido y mimado por el agente de pastoral, donde cuenta cada uno y se procura un proceso de descubrimiento y experiencia personal. El número, de entrada, no hay que esperarlo sino trabajar y entregarse por cada uno. Esto no significa crear ‘nidos protectores y afectivos’ alejados de su realidad, sino suscitar acompañamientos al estilo de Jesús, donde el ‘contacto’ el permanecer juntos en una experiencia de vida se vuelve el motor de la propia existencia.
Con todo, los números importan.
¿Es importante el número? ¡Claro que no! Pero, ¡claro que sí! El agente de pastoral que se conforme conque un solo joven pueda encontrarse con Jesucristo no es un buen agente de pastoral. Ciertamente no busca el ‘número’ pero sí la eficacia de su acción que ayude y haga crecer. El interés no está en engrosar estadísticas, sino en alimentar personas, vidas, ¡y a cuantos más mejor! No buscamos cantidad sino hacer llegar cuantitativamente la calidad de nuestro mensaje; manda la calidad, el valor de lo que ofrecemos, y precisamente por eso, queremos que llegue a muchos, ¡ojalá a todos! Y lo que traemos entre manos ‘salva’, puede transformar la vida de las personas (como seguramente lo ha hecho en la nuestra), y no podemos racanear, contener o contemporizar: ¡urge evangelizar! Y mientras esta sociedad en la que estamos nos tiene adormecidos por el consumo, la búsqueda del bien propio o la incansable tarea de rellenar los días hasta el vómito, se hace urgente y necesario proclamar que Jesucristo nos trae una senda de encuentro entre los seres humanos, una propuesta de paz por servir a los más desfavorecidos y un status de bienestar basado en el compartir y entregar la vida. Y si no lo hacemos nosotros, no lo harán otros (al menos a los que se nos ponen delante).
Tenemos conciencia de que las cosas no van bien, que nuestras ciudades, nuestras parroquias, nuestros colegios, las familias, esta sociedad en la que vivimos cada vez tiene más dificultades para vivir dignamente, y no podemos quedarnos quietos o huyendo buscando nuestra propia salvación en las cuatro bagatelas de siempre. Tenemos la oportunidad de hacer historia (con minúscula) porque la Historia solo la hace Dios, pero no puede sin esa primera cimentación que, como cooperadores suyos, obreros de esta mies, hemos de mezclar, amasar, esparcir y consolidar entre los jóvenes que se nos confían. ¡Podemos hacer tanto si nos ponemos de acuerdo, si nos animamos unos a otros, si cada uno aporta lo mejor de sí!
Lo dicho, me importan, y mucho, los números. Como importa llegar a fin de mes, compartir con el que no tiene, consolar al triste o visitar al enfermo. Importa que el número de los que escuchan el evangelio sea mayor, y el de los que conocen a Jesús, y el de los que tienen una experiencia de Dios, y el de los que se convierten por una mediocre mediación, y el de los que descubren que la vida es mucho más que lo que tienen cada día en el pesebre consumista rutinario.
Y ahora sí. Si después de animar, exhortar, acompañar, ilusionar, suscitar,… y entregar nuestra vida para darles a Jesús y hacerles vivir las experiencias que les proponemos solo quedara uno o una que dijera «esto me ha cambiado la vida», por uno, solo por uno, habría valido la pena. Y ese ‹uno› también es número, por eso, los números importan.
A.2. Vivamos y testimoniemos
Siguiendo, pues, el Decreto Ad gentes, obtenemos que el proceso evangelizador viene dado por cuatro momentos que se complementan y se necesitan, pero que siguen un orden que no debe verse cambiado. Me detengo en el primer aspecto: El testimonio.

Todo empieza viviendo. Es el contagio de la propia vida lo que genera una primera adhesión. La vida llama a la vida, como el joven llama al joven. En general hablamos demasiado. Y las opciones radicales no hay que decirlas, hay que vivirlas. La fe es una experiencia que se contagia. La primera propuesta siempre es ‘venid y veréis’, la pedagogía del encuentro (Samaritana, Zaqueo, Mateo…). Hemos de tomar conciencia, que en el contexto en el que vivimos, hay lugares donde están los jóvenes que solo es posible la presencia. Recordad aquella afirmación de Juan Pablo II en la Redentoris Missio (42): El hombre contemporáneo cree más a los testigos que a los maestros; cree más en la experiencia que en la doctrina, en la vida y los hechos que en las teorías… En definitiva, si falla el testimonio, queda cerrada la puerta de entrada. Por mucho que gritemos desde dentro, aconsejemos para que entren, insistamos en lo bien que se está en casa…, si no hay puerta abierta, no es viable el encuentro. Ciertamente, cuando este testimonio es dado por jóvenes, es más llamativo y fuerte.

Pero la pregunta, de nuevo, se impone, ¿de qué testimonio estamos hablando?
El testimonio no es postureo, no es la dramatización que en ocasiones vemos en algunos ámbitos y encuentros eclesiales, donde ‘colegueamos’ con los adolescents y jóvenes para no volver a mantener un diálogo adulto y serio con ellos hasta el próximo encuentro masivo. El testimonio cristiano siempre es encuentro personal, que se nutre en el día a día, y que se va cristalizando en una entrega incondicional, en un ‘estar cuando hace falta’, y en el compartir la fe (no educarla o enseñarla –pues tampoco es posible-) y celebrarla asumiendo como una riqueza la diversa manera de vivirla y exteriorizarla. Es asumir ese estilo de Jesús que va a comer con los recaudadores y pecadores (Mc 2,13ss), se deja tocar por mujeres y personas impuras (Mc 5,25ss), da la cara por los suyos cuando son cuestionados (Mc 2,18ss) o no duda en emplear tiempo para escuchar y hablar en verdad de tú a tú (Mc 10,17ss). Hagamos la traducción: ¿Evidenciamos en nuestra Iglesia sacerdotes y obispos –también laicos, pero quizá no tienen la misma potencia testimonial socialmente- que comen frecuentemente con los jóvenes; se acercan a los lugares socialmente ‘impuros’ donde los jóvenes se expresan, relacionan y viven; dan la cara por situaciones injustas –empleo precario, paro,…- y se sientan en una mesa redonda a escuchar y compartir inquietudes con ellos, provocando un diálogo sincero y serio más allá de los previos al sacramento de la confirmación?

El testimonio que provoca el deseo siempre tiene que ver con los aspectos fundamentales de la vida: el amor, la propia realización personal, la familia, sentirse útil… Y no nos preocupe tanto ‘acertar’ o vivir pendientes si lo que hacemos, y hablamos es lo cierto, lo más correcto. Vivir a la evangélica no es destilar certezas sino suscitar esperanzas. Lo expresa de manera certera J. Gevaert: Lo que pone en movimiento a la gente no es la certeza o la evidencia, sino la razonable esperanza de encontrar: “Venid, hemos encontrado al Mesías” (Jn.1,41). Se está en camino hacia algo…
Así, nuestro testimonio es la senda a recorrer por otros: nuestra manera de afrontar la desigualdad, de distribuir nuestros tiempos, de utilizar nuestro dinero, de cuidar el medio ambiente, de vivir en ciertos lugares, de abandonarnos en las manos del Padre ante los dramas personales… Como pide expresamente el Papa Francisco en la EG 99: A los cristianos de todas las comunidades del mundo, quiero pediros especialmente un testimonio de comunión fraterna que se vuelva atractivo y resplandeciente. Que todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis…
Solo concluir este apartado, como dato, que el porcentaje de jóvenes que sienten una cercanía mayor a la Iglesia y a sus propuestas se ha visto incrementado en los últimos años por la figura del Papa Francisco.

B. Y después, el anuncio
El Anuncio evangélico es para todos, pero está llamado a vivirse en minorías. El número, la masa, los eventos masivos no son, la mayor parte de las veces, criterio de veracidad evangélica como ya hemos expresado. Es más, si nos centramos en nuestro iniciador, Jesucristo, habrá vidas entregadas a la evangelización cuyo final será la soledad más radical. El camino de la fe es un camino kenótico, de abajamiento, no por ascesis impuesta sino por la propia dinámica de la fe. En cada cristiano se vuelve a revivir el “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no da fruto”. Recordemos que ‘muchos son los llamados y pocos los escogidos’. Y en este Misterio, somos espectadores, o como mucho figurantes o actores de reparto, nunca somos los protagonistas. Un signo de la nueva evangelización en Europa es el de la “debilidad evangélica” que se manifiesta en la gratuidad de la propuesta cristiana, más allá de resultados, números y porcentajes. El rebaño de la Iglesia crecerá en la medida que se salga a buscar ovejas perdidas y las pongamos sobre los hombros: Hoy la Iglesia está llamada a curar, acompañar, sanar, de una manera absolutamente gratuita todo acceso a la fe sin que ni siquiera se insinúe la sospecha de que lo hace para que el destinatario de su acción se haga cristiano y discípulo.
Pero no hemos de olvidar que el testimonio no sustituye al anuncio, lo precede, prepara y potencia. Es necesario dar razón de mi vida y mi comportamiento. Explicitar el evangelio que me mueve y me da fuerza para vivir como vivo. Recuerda Gevaert: Un principio fundamental de la primera evangelización afirma que el testimonio de vida cristiana, aun siendo necesario, no sustituye al anuncio explícito del Evangelio… Un anuncio que más que catequesis, es una invitación a la relación personal con el Dios que me habita y que habita al que se cuestiona al verme. Pero sabiendo que estas generaciones ‘temen’ las relaciones directas… Hay que ir con cuidado de no asustar. El kerigma para poder ser acogido, debe partir de una historia compartida. Lo cierto es que hemos perdido vigor a la hora de hablar de Jesucristo, no para forzar al otro a creer, o para convencerle, sino para ofertarle mi razón de vida. El anuncio es la respuesta a una pregunta que hemos suscitado con nuestra vida ¿quién es éste que hasta…? Así aparece claramente ante los primeros kerigmas de Pedro y Pablo. Si no hemos provocado la pregunta, de bien poco valen nuestras palabras por evangelio puro que sean. O hay concordancia entre mis palabras y mis hechos o es un producto demagógico más de esta sociedad falsa y vacía.    Este anuncio tiene un núcleo fundamental que es la experiencia pascual de Jesucristo, a la que no podemos renunciar. Pero uno de los aspectos con los que se tendría que implementar el Primer Anuncio es posibilitar el diálogo con nuestro mundo y el hombre contemporáneo, aquel mismo al que se están dirigiendo con el kerigma. Hemos de cultivar, con la experiencia interior de Dios, la sabiduría salomónica: la capacidad para escuchar a cada hombre de hoy y poder ser un interlocutor de sus expectativas, dudas e inquietudes (como Salomón con la reina de Saba). El Diálogo Fe-Cultura, Fe-Ciencia es también una asignatura pendiente este Primer Anuncio. Pero en general, creo que somos muy tímidos al anunciar y animar nuestras experiencias, diría casi que cobardes. Cuando uno está seguro del bien que puede provocar el contacto con la Palabra de Dios, la vivencia de la eucaristía, la experiencia de una Pascua o lo fecundo que es el tiempo invertido en transformar este mundo o ponerse de parte de los pobres, no va con paños calientes, ¡se la juega! Vivir estas propuestas no son una experiencia más, ni está a la altura de tantas otras que consumen nuestros jóvenes, ¡es mucho más! ¡Es llevar a nuestros jóvenes a la experiencia más radical que podemos ofrecerles! ¿De verdad notan en nosotros/as que les estamos invitando a eso? Insistir para que puedan vivir estas realidades ‘a tiempo y a destiempo de san Pablo’.
Como decíamos más arriba, no es cuestión de ‘número’, sino valentía y autenticidad en la llamada. La tibieza no debería empañar nuestro anuncio y testimonio. Si no provocamos encuentros sólidos con Jesucristo y experiencias personales de Dios, no surgirán seguidores ni testigos. Seamos más descarados, si algo se nos recriminará no es el arrojo y la determinación sino la timidez y cobardía, como el que recibió un solo talento y lo enterró temoroso a extraviarlo…
Pero regreso a la tesis primera, todo esto será posible si se da un testimonio creíble. Relacionaría el testimonio y el anuncio con estas atinadas palabras del mencionado E. Biemmi: Si las palabras de la Iglesia no son escuchadas, es porque no le dicen nada ni siquiera a ella. Se han vuelto palabras vacías y dadas por descontadas. Ella no se hará escuchar aumentando el tono de voz (o la insistencia, digo yo), sino haciéndose ella misma discípula de su Señor…

C. Un ejemplo paradigmático para concluir
Dejo una tarea para el que lo desee. Contrastar lo dicho en este segundo ‘jalón’ con este kerigma de Pablo en los Hechos de los Apóstoles (13, 16-41). Pablo, fruto de la experiencia de conversión que le lanza a entregar la vida por anunciar a quien se la ha cambiado a él, hace llegar un testimonio que él mismo ha vivido, y del que ha sido testigo siguiendo un esquema que puede ser referente para nosotros hoy:

  1. Adaptar la predicación al auditorio. Habla a ‘israelitas’ (16b) a ‘descendientes de Abraham’ (26), y por eso utilizará una manera de hablar y un contenido que les acerca el mensaje fundamental que pretende transmitir. ¡Debemos cuidar nuestros lenguajes!
  2. Partir de una historia compartida. El amplio recorrido que hace Pablo por los pilares identitarios del pueblo de Israel, asumiendo e integrando lo vivido en el anuncio de salvación que explicitará posteriormente. ¡Qué importante es compartir un historia común con los jóvenes!
  3. Dar una noticia de Salvación. Pablo inserta perfectamente en su narración el acontecimiento salvador de la pascua de Jesús, sin entrar en valoraciones ni juicios, narra los hechos para darles sentido salvador. El anuncio del evangelio siempre es una buena noticia, no es una advertencia moralista, ni un discurso reprobatorio de costumbres o conductas. ¡Cuánto necesitan nuestros jóvenes escuchar palabras que plenifiquen!
  4. Anuncio de Jesucristo. La salvación que anuncia Pablo no hace referencia a ley alguna, sino a una persona concreta, a Jesucristo. ¡Cuánta necesidad de Jesucristo tiene la pastoral con jóvenes hoy!
  5. Desde la experiencia de Jesucristo surge la advertencia moral. Pablo, tras todo el discurso, advierte (¡atención!), tras el anuncio explícito del perdón de los pecados, que podemos echarlo todo a perder, que este anuncio requiere un cambio de vida, una conducta nueva, una propuesta moral que proporciona la vida descrita. ¡Evitemos comenzar nuestros discursos con los jóvenes por este final!

Partamos pues, del testimonio de vida para llegar al anuncio y hagamos que nuestro anuncio sea la expresión de nuestra vida.
Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que oran y trabajan. Desde el punto de vista de la evangelización, no sirven ni las propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón. Esas propuestas parciales y desintegradoras sólo llegan a grupos reducidos y no tienen fuerza de amplia penetración, porque mutilan el Evangelio. Siempre hace falta cultivar un espacio interior que otorgue sentido cristiano al compromiso y a la actividad. Sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos debilitamos por el cansancio y las dificultades, y el fervor se apaga. La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración, y me alegra enormemente que se multipliquen en todas las instituciones eclesiales los grupos de oración, de intercesión, de lectura orante de la Palabra, las adoraciones perpetuas de la Eucaristía. Al mismo tiempo, «se debe rechazar la tentación de una espiritualidad oculta e individualista, que poco tiene que ver con las exigencias de la caridad y con la lógica de la Encarnación». Existe el riesgo de que algunos momentos de oración se conviertan en excusa para no entregar la vida en la misión, porque la privatización del estilo de vida puede llevar a los cristianos a refugiarse en alguna falsa espiritualidad. (EG 262)

Carles Such Sch. P.

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