RPJ / Revista de Pastoral Juvenil

Aún conservo en la retina las imágenes de unos carteles muy sugerentes y provocadores que creó una agencia de publicidad catalana con contenido religioso. Utilizaban el lenguaje propiamente publicitario y lo hacían con inteligencia, tocando las emociones, interpelando al espectador. Al estilo de la mejor campaña de refrescos, coches o perfumes. Sin embargo, si te molestabas en analizar el trasfondo de su mensaje, te dabas cuenta de que se había modernizado el contenedor, pero no el contenido. Lo que aquellos anuncios tan chulos y modernos «vendían» no era otra cosa que una Iglesia clerical, jerarquizada y machista, que defendía la tradición por encima de la misericordia y avasallaba con la verdad. ¿Dónde estaba entonces la renovación, la contemporaneidad, la modernidad?
Pasa algo parecido en la actualidad con las redes sociales. Misioneros y misioneras virtuales se han lanzado al patio tuitero para evangelizar. ¿Pero qué significa eso? En muchos casos no otra cosa que «trinar» lo de siempre en 140 caracteres. Que si el santo del día, que si el canon, que si el dogma y la moral… Es como vestirse de limpio sin haberse duchado antes. Como ponerle ropa del Primark a una momia del Museo Británico.
Las redes sociales no son más que una nueva ágora, un patio remozado en el que comentar con los amigos, ojear las noticias o compartir lo que uno piensa o siente. Con la ventaja de que esos amigos (o no tanto) pueden estar a miles de kilómetros de ti. Claro que es un escenario fantástico para compartir la Buena Noticia. ¿Alguien duda de que Jesús de Nazaret, Pablo de Tarso o Teresa de Jesús no los usarían de vivir en el presente? Pero, ¿basta con remozar el atrio y repintar el discurso para que no suene a rancio? ¿Basta con usar los más modernos canales de comunicación para que la Buena Noticia llegue, toque y cale hasta los huesos de quienes la reciben? Yo creo que no. Que, como le ocurre a los buenos vinos, hay que desempolvarla, quitar el corcho que la retiene y reprime, dejarla respirar, sacarla de esa botella que ha envejecido y servirla en la copa que mejor le encaje a cada cual. Porque, como dice Javier Melloni, lo importante no es la copa, sino el vino. Y sobre todo la sed. Si no, seguiremos oyendo los mismos trinos, aunque los gorriones se tiñan de azul.
_CH19874-2-309cdM.ª Ángeles López Romero
Directora editorial de San Pablo
@Papasblandiblup

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