RPJ / Revista de Pastoral Juvenil

Continuamos con la Carta del P. Ángel Ruiz y os propongo estas líneas de la Introducción:
“Calasanz no sólo nos une. Nos inspira, nos arrastra. Y es Calasanz, sin duda, quien me ha inspirado que escribiera. Es verdad que está de por medio el Año de la Juventud. Pero, en el fondo, hay algo más. He sentido muchas veces la tentación de escribir sobre los jóvenes. Porque a jóvenes, durante estos años, he escrito muchas cartas.
Y ese algo más, es mi pasión por los jóvenes. Por eso digo que Calasanz me está inspirando y comunicando un poco de aquel amor hasta el sacrificio, que él sintió por ellos. Doy gracias a Dios porque me ha regalado y sigue regalando este don de amarlos.
La circunstancia del Año de los Jóvenes constituye un desafío para los adultos. Para los educadores, especialmente. Es apremiante preguntarse y preguntar a los jóvenes qué piensan, qué mensaje traen para esta sociedad que no nos gusta a nadie, qué escala de valores llevan dentro, qué caminos pretenden abrir de cara al futuro. Lo cual supone escucharles mucho. Pero después, con sumo respeto, tenemos que decir en alta voz lo que hemos captado en ellos. Así, entre todos, descifraremos el interrogante que es cada joven. Porque hay que hacerse la misma pregunta que se hacían las gentes ante el niño Juan Bautista: «¿Qué llegará a ser este niño?». ¿Qué será este joven?
Yo me siento interpelado. Y, para animaros a intervenir, voy a comenzar por dar mis puntos de vista en forma de preguntas: ¿Hemos hecho de los jóvenes nuestra opción preferencial? ¿nos fiamos de ellos? ¿confiamos en sus aportaciones para cambiar la sociedad? ¿cómo estamos acompañando la realización de su proyecto de hombre o de mujer?
Yo tengo mis dudas y no respondo. Prefiero profundizar en torno a esos interrogantes.”

MI REFLEXIÓN
Esa intuición del P. Ángel en torno a Calasanz hoy la vemos ‘hecha carne’. Calasanz no solo une, sino que INSPIRA y ARRASTRA. ¡Que se lo digan a los cientos -¿miles?- de laicos que hoy se sienten inspirados y arrastrados por su persona, su vida y su carisma! Qué dos hermosos verbos:
Inspira. Es el efecto de respirar, de traer aire que purifique y renueve la vida. Es la constatación de que seguimos vivos. Los escolapios, más que preocupados por las vocaciones (que también), deberíamos preocuparnos de constatar y vivir que Calasanz da vida, mejora la existencia de quien se acerca a él o a sus hijos. Seremos fecundos en la medida que Calasanz sea inspirador de nuestras vidas, de nuestro ministerio y de cada una de nuestras iniciativas.
Arrastra. Esto requiere de nuestra respuesta directa. Lo anterior se nos regala, el poder ser arrastrados requiere de nuestra participación. En ocasiones, leo cosas preciosas sobre Calasanz, nuestro carisma y nuestro ministerio. Si nos fijamos en el mensaje del Papa a la Orden por el Año Jubilar Calasancio escuchamos expresiones preciosas: “…espero que hagan memoria de lo que son y de lo que están llamados a ser. Pido al Señor que les conceda vivir aquellas disposiciones que hicieron santo a su Fundador. De esta manera, las Escuelas Pías serán lo que San Calasanz quiso y lo que los niños y los jóvenes necesitan.” ¡Qué bonita manera de decirnos: ‘déjense arrastrar por Calasanz’! Pero, ¿qué supone esto? Me arriesgo a dar un itinerario para que esto pueda darse (más allá de las bellas expresiones de 140 caracteres):
1º Conocer. Para dejarse seducir por alguien y llegar a amarlo lo suficiente como para dejarse arrastrar, hay que conocer y hacerlo ‘cordialmente’, que afecte el corazón. Este camino pasa, en la mayoría de las ocasiones, por la puerta de entrada que es el conocimiento intelectual. ¿Conocemos a Calasanz, su biografía, su vida, sus opciones vitales, sus sufrimientos, sus anhelos e incertidumbres? Las anécdotas son flor de un día; llegar a amar supone perder tiempo, compartir vida, dejarse afectar (‘tocar’) por esa persona. Mientras Calasanz no sea de esta manera conocido, difícilmente nos dejaremos arrastrar por él. Ojalá que este Año Jubilar sea un motivo para acercarnos a los textos mismos de Calasanz y dejarnos afectar por ellos.
2º Integrar. Sin que se dé una ‘afectación’ en nuestra vida de la irrupción de otra (Calasanz), no puede haber vocación. La llamada surge de este encuentro más vital. Las ‘disposiciones que hicieron santo a Calasanz’ son las mismas que surgen de la respuesta cordial tras el encuentro con su persona y su vida. Celebramos el bautismo, la reconciliación, la eucaristía,… pues Calasanz es nuestro octavo sacramento. Hemos de iniciar procesos de preparación, iniciáticos, mistagógicos para procurar esta experiencia calasancia.
3º Compartir. Es casi una consecuencia de lo anterior. Cuando una persona vive en primera persona y acoge los sentimientos vividos de otra haciéndolos suyos, se produce un encuentro vital que llena de vida, de luz y de fuerza, es el mismo Dios actuando del mismo modo en momentos y personas diferentes. Esto suscita en la persona la necesidad de contarlo, de compartir, de desear que otros puedan tener acceso a la misma experiencia. ¿Estamos viviendo escolapios, religiosos y laicos, esta necesidad?
4º Vivir y testimoniar. Finalmente toda presencia acogida de Dios provoca un movimiento de entrega y cercanía hacia los demás, en concreto hacia los más desfavorecidos (es la señal más evidente de la presencia de Dios). Viviendo, no hará falta gritar muchas palabras, nos verán y reconocerán en nosotros al propio Calasanz, y los niños y jóvenes sentirán que son acompañados en su necesidad, que son ‘complementados’ en los huecos provocados por la injusticia, y consolados en las heridas de su historia.

PASIÓN POR LOS JÓVENES. Desde estas claves se entiende la expresión del P. Ángel ” mi pasión por los jóvenes”. No hay pasión si no es fruto de un encuentro que transforma, sobrecoge y enamora. Entregarse a los jóvenes no es una decisión voluntarista, sino una exigencia del amor experimentado. La verdadera y efectiva pastoral juvenil no nace en un despacho, ni en una reunión de sesudos pastoralistas ni siquiera en la mirada eclesial bondadosa sobre los jóvenes, sino en el descubrimiento de Jesucristo en cada chico y cada chica. Como le pasará a Calasanz, el joven se vuelve ‘sacramento’ de Cristo; sirviendo, acompañando y consolando al joven, servimos, acompañamos y consolamos al mismo Cristo en persona. Esto no se aprende ni se adquiere en un curso de formación, sino en la experiencia del encuentro con Jesús, cuyo fruto, como don y regalo inesperado, es este amor a los jóvenes.
También este Año Jubilar Calasancio es un desafío para los adultos. Pues no se nos invita a las socorridas celebraciones y manifestaciones públicas de un pasado glorioso, sino a renovar este amor a Jesucristo que suscite en nosotros la pasión por los jóvenes (y niños). Y viceversa. Pues en la cercanía y escucha atenta de las inquietudes que trae cada joven podremos escuchar ‘la voz de Dios es voz del Espíritu, que va y viene, toca el corazón y pasa ni se sabe de dónde viene o cuándo sopla, importa, pues, mucho, estar siempre alerta para que no llegue de improviso y se aleje sin fruto’. Y en este doble encuentro con Jesús y los jóvenes, podremos, ahora sí, escuchar lo que piensan, acoger el mensaje que traen a esta sociedad, respetar su escala de valores y discernir los caminos de futuro que llevan escritos en su interior. Este ejercicio de ‘adultos y jóvenes’ cuánto se acerca a la intuición del Papa Francisco en la Evangelii gaudium n. 108: “…cada vez que intentamos leer en la realidad actual los signos de los tiempos, es conveniente escuchar a los jóvenes y a los ancianos. Ambos son la esperanza de los pueblos.”
Solo así podremos ser altavoces de la voz de Dios que habla en los jóvenes. Los que se preparen a vivir este encuentro, han de estar dispuestos a ‘dar la cara’ por los jóvenes, a ser sus altavoces. Esto no es la socorrida estrategia de hacer a los jóvenes ‘reina por un día’, en eventos y encuentros masivos, sino hacer que protagonicen el hoy de la Iglesia, con presencia real en sus estructuras y sus órganos de gestión, en los lugares donde se decide el futuro y las nuevas orientaciones de la acción pastoral de la misma. Todo esto se inicia en el día a día de cada grupo, institución, parroquia o movimiento, en el trato que les damos, el estilo de relación con ellos y las propuestas que iniciamos conjuntamente.
Termino reproduciendo las preguntas del P. Ángel sin glosa alguna, pues son los suficientemente potentes como para recibirlas como un acicate que remueva nuestras conciencias y espolee nuestra vida en el camino hacia los jóvenes:
¿Hemos hecho de los jóvenes nuestra opción preferencial?, ¿nos fiamos de ellos?, ¿confiamos en sus aportaciones para cambiar la sociedad?, ¿cómo estamos acompañando la realización de su proyecto de hombre o de mujer

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