RPJ / Revista de Pastoral Juvenil

“Os digo esto porque yo no aguanto ir al colegio y no hay otra manera para no ir. Por favor espero que algún día podáis odiarme un poquito menos.”

Querido y respetado Diego:
Me duele el colegio que no has podido aguantar. Sabes, como muchos otros, que un colegio solo refleja de manera artificial y ficticia lo que ocurre fuera del mismo, en la sociedad en la que vivimos. Que no aguantaras el colegio es la bofetada mejor acogida que me han dado en mi vida, pues no hablas de un sistema educativo fracasado sino de una sociedad cruelmente igualitaria que atenazada y amordazada por el consumo de lo correcto, desprecia y margina al diferente, al que piensa distinto, al cree lo que no se ve o al que duda de lo evidente. Tú eres, pues te siento vivo y presente, eres diferente, y no has podido serlo en la tiranía de los iguales.
No busco culpables, pues a estos se les juzga y condena sin apenas consecuencias para nuestras vidas, busco responsables. Mientras la mayoría de personas desviará su mirada hacia una escuela que no deja satisfechos a nadie (porque se ha hecho un objeto de consumo más), yo me centro en ti, en tu propuesta de vida que fue tan sutilmente ninguneada, sofocada y llevada al extremo existencial. No eras un ser desgraciado, te sentías amado y querido por tu entorno familiar, viviste agradecido a tu cuna y tu sustento, pero necesitabas más, querías ser tú. Y para crecer, bien lo sabes ya, hay que saltar del nido e intentar volar. ¡Cuántas veces antes intentaste volar mientras otros criticaban, reían tu utopía o se burlaban de tu valentía! ¡Cuántas notas dejabas escritas en palabras caídas, gestos evidentes, miradas en busca de complicidad…! El cariño de los tuyos fue garantía para intentar ser tú a pesar de los férreos controles aduaneros a la creatividad, originalidad y el tesoro único que querías ofrecer al mundo, tú, como cada uno de los seres humanos de esta Tierra. Quisiste ser tú, y te estampaste con el cruel muro de lo igualitario. ¡Eres distinto y eso te ha echo saltar! Te has sentido superado por tantas lanzadas que buscaban el corazón de lo que eres, y por eso te has sentido odiado. El odio es el disfraz de un amor que no puede admitir que se siente atraído por lo diferente, por lo que nos despierta del narcótico de esta vida, por lo que desea nuestro corazón y no se atreve a revelar, y solo los valientes y auténticos como tú lo ponéis en evidencia. El hecho que pidas que ‘te odien un poquito menos’ es que gustaste el dolor del amor, pero como tantas otras veces, nos volvimos a equivocar quedándonos con lo evidente como la verdad de lo que acontece y el ser humano siempre es más de lo que expresa, mucho más.
¿Responsables entonces?
No tus compañeros, que les han enseñado a ser como son. No tus maestros, que viven tensionados y aprisionados por una sociedad que exige adeptos y no hombres y mujeres libres y una política que ya no busca el bien de los ciudadanos sino del mercado. No tus padres, que te quieren más que a sí mismos y nadie les enseñó a ser padres. No los conocidos y amigos que te veían distinto y apenas tenían recursos para asimilar esa novedad… No, los responsables somos todos, todos los seres humanos. El problema de la humanidad es de cada hombre y mujer, y el problema de cualquier hombre y mujer es un problema de la humanidad. Pero nos viene bien pensar que la responsabilidad sobre ti era de tu colegio, como la de los indigentes de las calles de una ciudad del gobierno de ese municipio o la de los refugiados de los países por los que transitan o de los que huyen… Hemos equiparado los problemas humanos a un tema de productos manufacturados. Ya no somos personas sino mercancía, y de esa manera decimos que ‘la culpa’ es de los productores (países de origen), o de los transportistas (mafias), o de los consumidores (países ricos)… El problema humano es de la humanidad, sin excusas, sin ambages, sin disculpas. La dificultad de acogerte a ti en tu singularidad, es la dificultad de acoger al creyente en su propio credo, es la de acoger al refugiado, al empobrecido, al enfermo, al anciano, al no nacido… Mientras sigamos tratándonos como mercancía, habrá aranceles que tendremos que pagar, no con oro y plata, sino con sangre humana.
Querido Diego, como bien dices, espero conocerte en el cielo, donde seguro se trata de un espacio donde el gestante es un ser humano jugando al escondite, el niño un ser humano jugando a ser adulto, el adolescente un ser humano jugando a descubrirse a sí mismo, el joven un ser humano jugando a inventarse el futuro, el adulto un ser humano jugando a ser humano y el anciano, un ser humano jugando a ser testigo, evidencia y recuerdo de lo que puede ser un ser humano. Allí, seremos.
Y mientras tanto, hoy doy este salto en el vacío de las redes sociales, donde hay muchos que miran y callan; otros leen y se adhieren; pero algunos, que viven lo que a ti no te dejaron vivir, escuchan, acogen y se mueven, sintiendo que el problema de un bebé, un niño, un adolescente, un joven, un adulto o un anciano es también SU problema.
Espero que encuentres ahora un espacio donde ser tú, ya que a aquí no TE HEMOS dejado.

Un beso, amigo Diego.

Carles Such, escolapio, director de RPJ

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