RPJ / Revista de Pastoral Juvenil

De todo lo bueno que nos ha traído el aluvión de las semanas que van desde las Navidades hasta la entrega de los Oscar, sin duda la mejor época del año en cuanto estrenos se refiere, Her es la película más desasosegante por su actual planteamiento de las emociones humanas.

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A ella hay que entrar sin lógica ni cordura, pues de lo contrario no podremos aceptar que un hombre, Theodore Twombly, se ¿enamore? perdidamente del sistema operativo de su ordenador. Sin embargo, y es lo aterradoramente inquietante, el futuro que nos presenta la película es tan reconocible y próximo que por momentos duele. El espectador no podrá evitar revolverse en la butaca intentando comprender lo que ya es su cotidianidad.

Her trasmite esa soledad inmensa, ese desierto emocional, esa incapacidad para el abrazo, para sentir y hacer sentir, para expresar, esa insolidaria desconexión con el otro, esa esclavitud tecnológica, ese abandono nihilista ante el fracaso, esa indolencia adolescente crónica tan reconocibles, que casi pueden servirnos para definir nuestro mundo. Todo ello tan hirientemente cercano

Un tipo que escribe cartas de amor o de índole personal por encargo, que vive su fracaso matrimonial como un solitario enganchado a los videojuegos de última generación, que apaga su fuego sexual con conversaciones telefónicas o citas a ciegas, y el contacto humano más cálido que tiene son las conversaciones en el ascensor con sus vecinos y las despedidas con el conserje de su oficina. Y entre medias un plano de una ciudad dominada por rascacielos, donde la multitud se mueve absorta en sus gadgets personales sin saber siquiera con quién se cruza o roza.

Lo que más me sorprendió en la película es que cuando Theodore comunica a las escasas personas con las que se relaciona que está enamorado de su OS (Sistema Operativo), nadie se sorprende, lo aceptan con la mayor naturalidad. Y ese es el verdadero terror de Her, que no nos resulte extraño el amor entre un ser humano y una luz brillante en una pantalla, por muy sensual y seductora que sea su voz. ¿Hemos perdido el norte o hemos entrado en una nueva dimensión emocional?

La película en su extraño romanticismo va desgranado de forma hábil cuestiones sin respuestas que calan en el ánimo del espectador, cuyas dudas e interrogantes necesitarán de una lenta rumia para aceptar cosas que ya tenemos interiorizadas. Cada uno hará las lecturas que quiera y dilucidará sus propias interpelaciones.

Una gran parte del éxito de la película recae en el acierto con el que el director Spike Jonze maneja el conjunto de variables que determinan su obra. Lo primero es un guion ingenioso y sutil, de su propia autoría, cuya hondura e introspección no soporta un único visionado. La profundidad argumental se lleva bien, gracias entre otras cosas, al tono de cotidianeidad con el que retrata la distopía futura, a un humor ácido y subterráneo que fluye de forma sutil y a su perfección formal. Jonze es capaz de dar forma a lo que todavía no tienen nombre.

Joaquín Phoenix, soberbio

Párrafo aparte para Joaquin Phoenix, encarnación perfecta de la soledad enamorada. Sin él la película se hace inimaginable. Phoenix está soberbio, creíble siempre como hombre fracasado emocionalmente, incapaz de expresar sus verdaderos sentimientos a su mujer, pero que escribe con emoción para otros y se desnuda interiormente ante una máquina. Muy pocos actores pueden lograr tanta verdad con tan exquisita contención. Le acompañan con su bella fisicidad Amy Adams, Rooney Mara y Olivia Wilde, pero sobre todo la ya señalada cautivadora voz de Johansson, lo que hace imprescindible el visionado en versión original.

El diseño de producción es elegante y pulcro, siempre al servicio de la historia sin emborronarla, al igual que la prístina fotografía de Hoyte Van Hoytema incidiendo en un futuro reconocible. Son muchas las imágenes que se quedan impregnadas en la retina, pero es sintomático de la valentía y apuesta de la obra que la que más tarda en olvidárseme es el sostenido fundido en negro que se produce en uno de los momentos más dramáticos. 

De la música destacar el piano de Arcade Fire, intimista, melancólico y evocador, siempre por encima de los sonidos más electrónicos y sintetizados (más discutible es la versión de The Monn Song de la propia Scarlet Johansson).

No sabemos qué nos deparará el futuro, ni lo que avanzarán las inteligencias artificiales, pero mucho me temo que, afortunadamente, nunca se alcanzará un sistema operativo más complejo que el corazón humano, aunque a veces no sepamos utilizar la mayoría de sus funciones. Quizá sea ese el mensaje del emocionante y bello travelling final.

Pistas para el trabajo pastoral
  • ¿Te ha gustado o no la película? ¿Ha conseguido emocionarte y hacerte  reflexionar?
  • ¿Qué crees que es lo más interesante y el mensaje principal del relato?
  • ¿Qué es lo que más te ha gustado de la historia?, ¿qué es lo que más te ha hecho reflexionar? ¿Y lo más original?
  • ¿Crees que es posible enamorarse de un sistema operativo o es simplemente una metáfora de la película? ¿Qué significa esa metáfora?
  • ¿Te parece muy extraña o lejana la sociedad que aparece en Her?
  • Comenta cómo son las relaciones personales de Theodore, especialmente con las tres mujeres que aparecen en su vida, su exmujer, su amiga Amy y su cita a ciegas.
  • ¿A la luz de la película, analiza cuál es tu relación con las nuevas tecnologías, qué aparatos utilizas todos los días, si tienes o no dependencia de ellos? ¿Serías capaz de prescindir de ellos?
  • Piensa cómo es tu relación con diferentes personas de tu círculo a través de las nuevas tecnologías. ¿Hay algunas personas con las que no tienes una relación directa y personal y con las que solos te comunicas a través de internet o de aparatos tecnológicos? ¿Cómo compartes tu intimidad?
  • Comenta la imagen final de la película ¿Es una puerta a la esperanza o una resignación compartida?
  • ¿Encuentras metáforas y referencias a lo espiritual, a la religión, a Dios en la película? ¿En qué momentos y secuencias?

CHEMA GONZÁLEZ OCHOA es periodista, cinéfilo y trabaja en la Fundación SM. Puedes contactar con él a través de su correo chemagochoa@gmail.com

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